Carta de Esmógico City

Por fin… ¿Chilangópolis?

Cuando hace más o menos un lustro (cinco años en estilo pedante) el cronista iba a iniciar en MILENIO Diario esta columnita acerca, no de la ciudad capital de México, sino de lo que al cronista le ocurre o “se le ocurre” como habitante de la tal urbe, pasó una noche devanándose el cerebro (si alguno tuviese) a propósito de cómo titularla. Se desveló, pues, ante la computadora, hasta que, al abrir la ventana en el amanecer de un martes, respiró el denso esmog y vio uno de tantos anuncios espectaculares de ese refresco gringo famoso en el mundo, al que se acusa de ser “las aguas negras del imperialismo”, y entonces la sufrida musa de los periodistas le ordenó:

—Ponle “Carta de Esmógico City”, ¡y ya!

Y así tituló el cronista su engendrito pero inmediatamente le telefoneó uno de esos lectores que por dizque “deber de amigo” no te dejan pasar impune un solo error:

—Leí tu columneja, mano. Es vulgar y con título extranjerizante. Mejor de una vez le hubieras puesto “Crónica de Chilango City”.

Encorajinado (por no decir encabr…), el cronista colgó, pero luego recordó que entre los muchos títulos para la columna había pensado en uno parecido: “Crónica de Chilangópolis”, y ahora se pregunta si acaso sería el mejor.

Chilangópolis suena bastante bien: es palabra con sabor popular (por “chilango”), con estirpe culta (por “polis”: ciudad) y con buen movimiento eufónico, pero tiene un problemilla de origen y es que comenzó solo designando al habitante de nuestra (¿nuestra?) ciudad que no ha nacido en ella, sino que ha llegado de otras regiones del país y, por lo demás, solía usársela en tono peyorativo y hasta insultante, casi como la palabra “naco”. Es verdad que ahora ya algunos empiezan a  asumirla con el mero significado de habitante de la ciudad capital del país, y hasta la pronuncian con orgullo, del mismo modo que, por ejemplo, los humildes y airados ciudadanos franceses asumieron bravamente la palabra “sansculottes” (literalmente “sin calzones”) para hacer estallar la Révolution Française, nada menos.

¿Habría que titular estas croniquillas “Carta de Chilangópolis” y llamar chilangopolitanos a sus habitantes? El cronista, que es chilango de adopción (es decir no nacido aquí), se lo pregunta, pero el muy cobarde no se lo responde, y confía en que los lectores, si algunos tiene, le digan que sí o que no. Órale, pues.