Carta de Esmógico City

De los estornudos fatales en el Metro

Don Miguel Ángel Mancera, el jefe de Gobierno del Distrito Federal —hombre  al cual parece que el embrollo de problemas de Esmógico City y alrededores le hacen lo que el viento a don Benito Juárez, pues se mantiene con un aspecto físico de eterno adolescente y un rostro de chamaco solo desmentidos por la leve nieve del tiempo que le melancoliza las sienes—, acaba de declarar que la mortandad por causa del virus de la influenza en versión A/H1N1 ha abandonado, durante los últimos veintún días, 21, los hospitales públicos y privados de Esmógico City.

Esto permite al cronista pensar (pues, a veces piensa, dicho sea sin jactancia) que el tal virus, en esa versión, está presionando algo menos a los esmogiquenses.

¡Qué bien!, exclama el cronista, quien, contra lo que piensan no pocos de sus lectores, prefiere registrar noticias felices o cuando menos de buen augurio.

 Resulta que la infuenza del tipo A/H1N1 no es siempre inevitable ni invencible, de modo que el viajero del metro tendrá algo menos de terror cuando el demasiado cercano viajero en el repleto vagón emita un tremendo estornudo de esos que no avisan, que a cualquiera lo toman desprevenido y que sobre todo parecen destinados a salpicar al otro viajero que ni lleva cubreboca ni se acuerda de protegerse con la manga de un brazo en ángulo.

Don Miguel Ángel  abundó en el tema, informándonos de que ese retroceso del A/H1N1, se debe, quizá, a un reciente descenso del frío (¿no lo ha notado usted, o es  un friolento irredento?) y a la eficacia de la campaña de vacunación emprendida por las autoridades capitalinas y federales.

Y el jefe de gobierno, con optimismo acaso igualmente documentado, se atrevió a augurar que la incidencia del virus será mucho menor en la próxima temporada invernal.

Entonces el cronista lanza un respiro de alivio, pues, como metronauta consuetudinario (y hasta con frecuente itinerario: línea 3), quizá ya no tendrá que viajar en el vagón del metro en plan “sospechosista”, lanzando miraditas a diestra y siniestra para deducir desde cuál de los rostros allí enlatados saldrá el fatal estornudo y, ¡oh!, tal vez con dedicatoria.