Carta de Esmógico City

El espejio en el zapato

Si el cronista fuese medianamente deportivófilo bien pudo haber lanzado un hurra al enterarse, gracias a un reciente artículo de Verónica Calderón en El País, de que, según la fundación encuestadora Thomson Reuters & YouGov, la ciudad capital de México ha logrado ser campeona en algo, por encima de las quince ciudades más pobladas del mundo (entre ellas algunas tan ilustres como Tokio, Pekín, Londres, Bogotá, Lima, y, ¿quién lo diría?, la elegantiosa París). Pero el hurra se frustró en la garganta del cronista al advertir que ese campeonato es sobre todo negativo e indignante como el de todo abuso, pues se trata de los niveles de acoso existentes en esas ciudades, y en esta, para las mujeres que viajan en transportes públicos. “El transporte público en México —informa la reportera Calderón— ocupa el primer sitio en cuanto a acoso verbal y físico contra las mujeres. Los testimonios recabados incluyen intentos de roces, fotografías por debajo de las faldas, insinuaciones y comentarios lascivos. Para demostrar que la incomodidad ha rebasado los límites, basta con dar un paseo en el Metro del DF y mirar un letrero: vagones exclusivos para mujeres.”

Quizá a cualquier lector lo asombre eso de “fotografías por debajo de las faldas”. Por su parte el cronista no recuerda haber leído de casos de tal práctica en el Metro de Esmógico City, pero sí hace unas semanas vio bajar de un vagón de la línea verde a un jovenazo que, ¿inverosímilmente?, llevaba atado a uno de sus zapatos un trozo de espejo, y entonces el cronista recordó que ése era un “método” con el que los muchachos de los años cuarenta pretendían “espiar” el interior de las faldas de las muchachas. Quién sabe qué eficaz era ese método pero, lo fuese o no, de hecho es espionaje, es invasión de la intimidad, de la privacidad de las mujeres. Y si además a esa fisgonería los abusivos añaden el “testimonio” fotográfico, el abuso es aún mayor y más culpable.

De cualquier manera el acoso sexual a las mujeres, sea en el Metro o en cualquier otra parte, suele darse desde el mero mirar, desde esa mirada prepotente que quiere indicar lujuria y superioridad del macho para quien la mujer es un mero objeto sexual, una “cosa” solo nacida para goce del hombre. Y hay machorros, en el fondo pobres diablos, que se consideran campeones de, digamos, la irresistible “mirada sexual”.