Carta de Esmógico City

Un “espectacular” ladrón de cielo

Cada vez que lo acomete una onda de melancolía y descubre que lleva demasiado tiempo de teclear al ritmo de sus escasas pero, eso sí, atropelladas ideas, el cronista siente el deseo de asomarse a una ventana a ver otro escenario que el de su cuarto de trabajo, que de repente le resulta opresivo. Y a veces cree que al asomarse por la ventana en busca de un amplio cielo, verá aquel horizonte magnífico de la Ciudad de México con el Popo e Izta erguidos al fondo como centinelas defensores de un espacio todavía aireado. Pero, ay, no; aquel horizonte es muy de otros tiempos, y lo que ve el cronista es un “espectacular” (un enorme anuncio comercial en elogio de un producto bebestible o comible o fumable, etc.) que le roba al ciudadano parte del horizonte merecido.

Por eso el cronista ha suspirado de alivio al enterarse de que el INVEA-DF (eso significa Instituto de Verificación Administrativa del DF), en función del PRPE (eso significa Programa de Regularización de Publicidad Exterior), está tumbando aquellos anuncios espectaculares que “violan diversas disposiciones de la Ley de Publicidad Exterior del DF”. Y desde que el cronista se enteró de que el tal instituto está retirando “espectaculares”, ha esperado que un día quite los susodichos que se le imponen desde las ventanas de su hogar, sobre todo el que le roba aquel vasto paisaje en que Izta y Popo se alzaban majestuosos, mexicanísimos, como ninguna tarjeta postal y ningún momento de película “a todo color” pueden reproducir fielmente. Y el cronista sueña con que, sigiloso y cargado de cartuchos de dinamita, una noche saldrá de casa, se irá hasta el pie del “espectacular” de marras, lo rodeará con los cartuchos y… ¡booouuum!

Pero, pues el cronista es pusilánime (requisito obligatorio para ejercer de buen ciudadano, sobre todo en la tan terrible Esmógico City), el sueño dinamitero se aplaca y se convierte en esta súplica al PRPE del INVEA-DF: que, por favor, si no es demasiada molestia, venga por el rumbo y, por lo menos, quite el “espectacular” frente al cuarto de trabajo del cronista. Él no ofrece propina, por no pecar de soborno, que es cosa vil, pero sí un eterno agradecimiento, que es cosa bonita y hasta sublime, ¿a poco no?