Carta de Esmógico City

Prosaica elegía al Árbol de la Noche Triste

Hace cinco siglos menos dos años, en la noche del 30 de junio de 1520, en la cual, según la Historia (que a veces aspira a ser Leyenda o al menos telenovela histórica superproducida a magno costo por Televisa, con gran reparto y dos actorazos ad hoc en los papeles estelares de Cortés y de Cuitláhuac), ocurrió que el aventurero, el conquistador, el invasor capitán español Hernán Cortés, después de recibir de parte de los guerreros mexicas una tunda militar, y hallándose en vergonzosa retirada (aunque sospecho que la llamaría "estratégica", como algunos militares de hoy cuando simplemente hubieron de poner pies en polvorosa), se detuvo un momento a secarse el sudor frío que le "perlaba" la frente y se apoyó en un ahuehuete (que dejó de ser anónimo pero que desde entonces sería afamado como el Árbol de la Noche Triste), y el "llanto militar soltó en diluvio", según habría dicho don Francisco de Quevedo, aquel gran poeta (hoy más conocido como el amigo de vino, escaramuzas y espadazos del más virtual que virtuoso Capitán Alatriste).

Durante cinco siglos y quizá hasta hace unos años se celebraba con ánimo de reivindicación retrospectiva la famosa "noche en que chilló el conquistador", y en la ocasión no faltaba un grupo de danzantes que hacían su acto ritual en torno y en homenaje al famoso árbol de la desdichada noche de los españoles... que simultáneamente fue la noche dichosa de los mexicas.

Pero hoy el cronista se pregunta si el jueves 30 de junio de este mes, es decir mañana, continuará esa tradición de celebrar con folclóricas danzas o cualesquiera otros ritos festivos al famoso árbol del que sólo quedan unos tristes restos ahumados porque el otrora gigante vegetal ha sufrido dos incendios, uno en 1972 y el otro en 1981, y se le ve reducido a un patético muñón en forma de un gran leño reventado.

Queda preguntarse si el ahuehete fue las dos veces incendiado de modo natural, por ejemplo mediante la caída de rayos enviados por un firmamento sin espíritu histórico, o si una vez el suceso se debió al nada cortés sino rencoroso fantasma de don Hernán empeñado en no permitir ningún indicio de su momento llorón, que aunque tal vez no fue el único de su vida adulta, resultó inscrito en la historia, o quizá en la leyenda... pero quedó inscrito.