Carta de Esmógico City

Los diablitos y los “soliti ignoti”

Quizá el culto lector, si lo hay, si en realidad es culto (y, en caso de que no lo sea, no hay por qué ruborizarse), sepa que en México City existen por lo menos tres clases de diablitos, a saber, y sin orden de categorías: A) los chamacos tan traviesos que en lenguaje metafórico se les considera pequeños demonios, aunque no tengan cuernos y cola; B) los carritos generalmente metálicos para transportar mercancías o diversos materiales y cuyas asas parecen cuernos; y C) ciertos alambritos, carentes de cuernos y colas pero diabólicos a su modo, que algunos listos ciudadanos usan para robar la energía eléctrica que los ciudadanos inocentes pagan (¡pagamos!, exclama el cronista).

Los diablitos de la categoría C fueron, según la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, los causantes del gran incendio ocurrido en el mercado de La Merced y que resultó con por lo menos 300 comercios (tiendas o changarritos o puestos “ambulantes”) convertidos en carbón y cenizas en el sábado 22 de este enero de 2014.

Los diablitos incendiarios no habrán sido de las  perdonables o inocentes categorías A y B, sino de la canallesca categoría C, es decir la utilizada por esos ciudadanos, siempre anónimos por inencontrables, a quienes en Italia llaman los “soliti ignoti”, es decir “los desconocidos de siempre”, quienes con sus alambritos ladronzuelos al parecer causaron el diabólico cortocircuito a su vez causante de la quemazón y de las ígneas heridas en algunas personas que, fuesen “diabliteras” o fuesen cabalmente inocentes, no merecían ser quemadas.

Y el cronista se queda insomne nomás de recordar cuántas calles, cuántos barrios, cuántos mercados, etc., están cubiertos por vastísimos techos de redes de diablitos categoría C que impiden ver cabalmente el cielo (el esmogizado cielo, pero un cielo a final de cuentas) y a veces queman lugares y personas sin que ni la empresa estatal de la energía eléctrica ni alguna autoridad, ¡aunque sea policiaca!, se encargue  de meterse con la ley al delincuencial asunto.