Carta de Esmógico City

De la desmexicanización de México

Grande fue la decepción de una amabilísima vieja señora (vecina del cronista en el condominio de Río Mixcoac y Universidad, colonia Florida, delegación Álvaro Obregón) que había comprado muchas bolsas con no pocos kilos de sonrientes calaquitas de azúcar, de tiernos chocolatines, de sacarinosos caramelos, de rosados y azules malvaviscos, etc., etc., para regalar a los muchos niños del condominio, del vecindario y de los barrios circundantes, quienes, como todos los años en los días de celebración de los Santos Difuntos, habrían de llegar disfrazados de brujillas y brujillos y diablitos y calacas y tocarían a su puerta y alzarían las manitas en petición para sus “calaveras”. Y…

¡Ay!, resultó que una niña sola y disfrazada de esqueletita algo gordita, tocó el timbre para, después de soltar un esforzado ¡buuuuhhhh!, reclamar que se le pagara el tributo en golosinas, más unas moneditas, “plis” (es decir please). Y eso fue todo el cumplimiento del bonito ritual de tales fechas.

La amabilísima condómina se quejaba de que los niños de ahora ya no son niños, precisamente, pues ya no juegan, ya no creen en las míticas o por lo menos legendarias fiestas populares del país, y solo se dedican a ver la televisión, que prodiga tantos héroes gringos de antifaz y violencia, o a teclear en la computadora para hacerles bullying verbal a los compañeritos de la escuela, o a soltar rollitos por los celulares diciéndoles majaderías lujuriosas a las compañeritas, quienes, por lo demás, no se sonrojan de nada, y ya casi se igualan en obscenidad y grosería a los picardientos chavos.

Tras lo cual la señora, llevándose la mano al pecho, a la altura del veterano aunque aún dulce corazón, le pidió (más bien le exigió) al cronista que en su columna de MILENIO Diario hablara de la decadencia o la desaparición del ritual de los dos primeros días de noviembre, de la desinfantilización de los infantes y, en general, de una “alarmante desmexicanización de México”.

Y el conmovido cronista besó en la frente a la alarmada señora y trató de tranquilizarla prometiendo tratar del menos luctuoso que tenebroso tema en su columna de los miércoles.

Y… así ha cumplido el cronista, pues.