Carta de Esmógico City

¿Por qué culpar a febrero y marzo de tumbar árboles?


Febrero loco, marzo otro poco, decía el ente misterioso que inventa los refranes, es decir ese autor supuestamente colectivo, dizque conformado por una masa de quién sabe cuántos millones de indiferenciados seres anónimos que, de siglo en siglo, habrían ido sumándose a una gigantesca e inagotable “Sabiduría de los Pueblos”.

El cronista, rascándose la coronilla como cada vez que algo lo inquieta, discrepa de tal idea, porque se atreve a pensar que tuvo que haber alguien, un individuo con voz propia, con nombre, apellido y rostro propios, que originó el tal refrán, o cualquier otro “sabio” dicho, antes de que lo copiara y lo explotara la mentada sabiduría popular.

Y he aquí que al leer ayer martes en MILENIO una nota de Jorge Becerril en la que se noticiaba que el viento desmedido de estos días tumbó seis árboles, dos lonas y un toldo en Bucareli y Emilio Dondé, en Torres Bodet y San Cosme, en Juárez y Balderas, en Matamoros y Peralvillo, el cronista susurró el famoso refrán casi de modo inconsciente: “Febrero loco, marzo otro poco”, pero luego volvió a rascarse la coronilla, y se dijo que por qué culpar nada más al viento y a febrero y marzo de ser los tumbadores de árboles, si es bien sabido que en Esmógico City estos nobles seres vegetales son maltratados de mil malas maneras: se les encarcela en las banquetas de cemento, no se les deja espacios de tierra en suficientes extensión y profundidad para que crezcan bien las raíces, o simplemente se les corta, o se les desarraiga, porque dizque tapan la entrada de un estacionamiento privado o público, y los infelices se asientan mal en su escaso terreno y hasta el mero soplido silbante de Eolo, el dios del viento, los hace tambalearse, quebrarse e irse al suelo, como suele ocurrir en esta ciudad cada vez más desarbolada y más señoreada por los automóviles y el esmog.

Y el cronista sueña que un día los árboles de Esmógico City formen batallones y echen rumorosamente a andar, marchando en manifestación de sus derechos vegetales, como en El señor de los anillos, el bello, el épico, el magno libro de Tolkien.