Carta de Esmógico City

De cómo el cronista está viendo cómo está lloviendo

Llueve intensa, incesantemente, llueve “superlloviendo”, como diría un chavo todavía de hoy, y los ríos vecinos o lejanos se salen de madre, es decir desbordan de sus cauces (¿o qué pensaron ustedes?), y las calles se hacen arroyos, y las avenidas se vuelven torrentes, y hay hasta balaceras y bombardeos de granizo y en el asfalto citadino se abren socavones como hocicos socabrones que intentasen tragar ciudadanos… y…

El cronista ya no sabe si tanta pluviosidad se debe al cambio climático surgido hace no pocos años, o si es culpa del antiguo dios Tlaloc que se habría encabronado por el abuso a que hemos sometido a nuestro (¿nuestro?) planeta hasta el punto de pervertirle el clima.

Por lo pronto el cronista se melancoliza mirando llover tras la ventana y evoca y susurra  el primer poema en francés que conoció, uno del gran Paul Verlaine que comienza con un sencillo y susurrante juego de palabras entre pleurer (llorar) y pleuvoir (llover):

“Il pleure dans mon mon coeur/ comme il pleut sur la ville./ Quelle est cette langueur/ qui pénétre mon coeur?”.

El cual poema, si es traducido al español, quizá pierda la música pero no el susurro:

“Llora en mi corazón/ como llueve sobre la ciudad./ ¿Qué es esta languidez/ que me invade el corazón?”

Y el cronista se sobresalta porque se siente invadido de una melancolía tan aflojadora del ánimo y tan propiciadora de la flojera que tarda en animarse a teclear su columna, y, esforzándose en recobrar el ánimo, tararea una cancioncilla alegre de Cri-Cri que le desmelancolice y tal vez le permita mentalmente volver a la infancia:

“¡Llueve, llueve,/ cómo llueve!/ Las gotitas,/ ¡dan din don!,/ van diciendo su canción”.

¡Pero… oh, vanas esperanzas! La infancia ocurre una sola vez y no es revisitable (en eso está su magia o su chiste), de modo que más que un recuerdo resulta ser una vaga, una nebulosa, una desfalleciente nostalgia… O sea: aún más melancolía, ¡snif!

Y Tlaloc, dios cancelado pero insurrecto, resucitado y resentido, se robustece y, en lugar de llorar, digamos que aúlla vengativamente su lluvia fría pero feroz y con una murmurada amenaza de llover por siempre.

Y llueve y llueve y “superllueve”.