Carta de Esmógico City

Donde el cronista está temeroso de que se le congele y caiga la nariz

Tal vez el lector de esta Carta de Esmógico City, si alguno hay, no esté para saber de las intimidades del cronista, pero el susodicho se siente en la obligación de informar que la habitación en la que tunde el teclado de la computadora está —a su parecer— más fría que en años pasados por las mismas fechas…

Y he aquí que, no gozando el cronista de vacaciones (pues en este diario él cobra por cada pieza que escribe y publica), se ha forrado en doble piyama, en gruesa bata, y en abrazadora bufanda para teclear la acostumbrada cuota de palabras con que la “Carta de Esmógico City” deberá ser publicada en el MILENIO Diario del prenavideño miércoles 24 de diciembre de 2014.

Pero, aunque el cronista se forre, siempre hay partes de su anatomía que deben seguir expuestas al soplador invierno: las manos, que son inhábiles para teclear con guantes, y el apéndice nasal, que para el cronista es solo la nariz, pero que algunos llaman “las narices” como si vana y vanidosamente tuvieran varias (y sépase que hasta el señor Slim sólo posee una).

La nariz no es precisamente necesaria para teclear pero sí para que el cronista se sienta anatómicamente completo… y para que goce gastronómicamente de los festejos de fin de año; pues sépase que en la nariz tenemos el sentido del gusto y no en el paladar, como suelen creer muchos que siguen diciendo cosas como “paladeé un suculentísimo mole familiar” o “me cosquilleé el paladar con las burbujas de una sidra estilo champán”. Y entonces, es lógico que el cronista esté temeroso de que, a partir de la indefensa nariz, el frío lo convierta en estatua de hielo (nada parecida, desde luego, a las estatuas de los hermosos griegos antiguos, quienes, como se sabe, nacían todos con narices perfectas y ya estatuarias).

Por ello, temiendo el cronista quedar tan congelado a partir de que el invierno vaya ocupándole la anatomía desde la nariz, y, perdiendo ésta, resulte tan triste e incapaz de teclear cualquier cosa, se apresura a desear a sus lectores (si los hay) unas Felices Navidades, un Próspero Año Nuevo y unos esperanzadores años siguientes.

Y así año tras año, hasta el Infinito…

¡Si es que al cronista le quedan años y a la humanidad le queda Infinito!