Carta de Esmógico City

El cronista quiere claxon

El cronista, que es esencialmente peatón de esta ciudad tan automovilizada (¿o autoinmovilizada?), da un brinco al escuchar un feroz claxonazo, salta a la banqueta (aunque tenía luz verde a su favor) y medita así:

"La calle es el reino del esmogicano con claxon y auto adjunto. Es propiedad del que toca más fuerte el claxon, ese tipo que cada día, apenas ha encendido el motor de su tanque de guerra ciudadana y, no bien ha salido del garaje hogareño, sigue dándose gusto en claxonear para que sepamos los pendejos peatones que él tiene todos los derechos de calle en Esmógico City."

El claxon, generalmente complementado con la mentada de madre, es el lenguaje del automovilista nomberguán, que para eso tiene una bocina ATM (¿A Toda Máquina o A Toda Madre?) como las que se estilan en Esmógico City. Y más vale que lo sepamos los retrógrados peatones que osamos transitar la ciudad a golpe de pie, calcetín, guarache o zapato, o sea, nosotros los hombres (y mujeres) de mente prehistórica que pinchemente nos transportamos a expensas de nuestro propio cuerpo, los ingenuos hata la estupidez que creemos tener algún derecho ciudadano como el de estorbar la vialidad cruzando pedestremente calles y avenidas y hasta cruceros (los cuales, como la palabra indica, para eso son, para cruzar, pero ¿quién dijo que son para que crucemos los peatones, seres tan anacrónicos como los indios bajados de la sierra a tamborazos?) Y luego sucede la tragedia y un agente de la autoridá pone preso por unas horas a un pobre automovilista o le asesta una desmedida mordida sólo porque, por un mero descuidito, casi ha dejado a un peatón pegado como calcomanía al asfalto (¡y vaya que lo cobran como si en lugar de un cadaverizado peatón nacional fuese un cadaverizado peatón de país de primer mundo!)."

Tiembla un rato el peatón crédulamente heroico, y luego se va pasito a pasito por la banqueta y empieza a soñar, pero despierto y nerviosón, con que un día el gobernante metropolitano en turno emita un edicto que otorgue a los peatones el derecho a usar claxons.

Y desea el peatón llevar un día un claxon tan potente como la trompeta de Josué, pero no para derribar ningún bíblico muro de Jericó, sino para paralizar ante un honrado semáforo a todos los autos que circulan claxoneando por Esmógico City como mugidoras bestias.