Carta de Esmógico City

¿Y… por qué al cronista se le ocurre tratar de microbuses?

La economía —ese asunto que, pese a ser de más incertidumbre que el juego a la lotería y las predicciones climatológicas, es solemnemente llamado ciencia por algunos del gremio… de economistas, precisamente— obliga al cronista a ser muy pocas veces viajero de taxi, muy frecuente pasajero del metro y, en poquísimas ocasiones, cliente de los microbuses, aunque este último caso no se deba tanto a la economía personal del susodicho como al hecho de que las líneas de trayecto de tales vehículos muy rara vez coinciden con los itinerarios que él debe cotidianamente cumplir en Esmógico City.

Sin embargo, el cronista tiene en gran consideración a unos hermanos en la condición de conciudadanía: los viajeros de microbús; y ahora los considera muy particularmente al leer, en una nota de MILENIO Diario, que, de entre 21 mil unidades de tal “sistema” capitalino de transporte, 90 por ciento sean consideradas como mera vil chatarra por los propios choferes, quienes, en compañía de los concesionarios, han reprochado al Gobierno del DF que no tenga, o no ejerza, programas de mejora de tal servicio.

La verdad es que, si los microbuses deben ser sustituidos por unidades nuevas cada quince años después de haber sido fabricados, resulta que circulan por nuestra ciudad unas valetudinarias máquinas que parecen doblar esa edad, andan trastabillando, soltando tornillos, chirridos, gases y denso humo negro, y a veces, como si padecieran de alzheimer, equivocan el rumbo y hasta frecuentemente chocan con otros vehículos, sean particulares o sean públicos.