Carta de Esmógico City

El cronista se enfría... ¡y arde!

Quizá no estén los lectores de MILENIO para saberlo, pero el cronista sí está para teclearlo (pues a lo mejor con esa mínima acción física logrará calentarse algo): la habitación en que se teclean estas líneas es una de las más frías de la casa del tecleador, de tal modo que éste, enfundado en grueso piyama y gorda bata y sentado ante la pantalla de cristal líquido que lo acecha, ávida de llenarse con la Carta de Esmógico City de cada miércoles, advierte que se le hiela la nariz, adminículo carnal necesarísimo (pues los que saben de fisiología dicen que en él tenemos el sentido del gusto y no en el paladar, como creemos el resto de los ciudadanos que seguimos diciendo “paladeé unos papadzules de campeonato” o “me halagué el paladar con unos chongos morelianos de cinco cucharillas”), y entonces, temeroso de que, a partir de la nariz, el cuerpo se le convierta en estatua de hielo nada estatuaria (no parecida a las de los hermosos griegos antiguos, que nacían todos para ser estatuas y residir lujosamente en los museos donde el frío les hace lo que el viento a Juárez), y en consecuencia, ante la amenaza de verse incapaz de teclear, de escribir o de tan siquiera redactar, el cronista se envuelve en una bufanda la parte baja de la cara, y… sí, la nariz se le entibia un poco, pero, oh, ¡caramba! (palabra que sustituye a ¡chin!, que es muy incivil), he aquí que el aliento, intentando salir por alguna parte de la bufanda, se va para arriba y empaña los lentes del cronista, impidiéndole ver bien la pantalla de la computadora en la que intentaba producir un texto acerca de la enésima ocupación de la plaza del Monumento a la Revolución, y, dado que un cronista urbano debe escribir de algo más público que su apéndice nasal, se apresura a teclear de tal asunto antes de que el espacio acabe, y anota que el asunto lo hace arder (de indignación), y sólo añade que ya la pesadilla urbana y “maistra” (que no magistral) va para infinita pese a todos los (¿sinceros?) exorcismos del jefe del Gobierno de esta Esmógico City, y… ¡chin y chin y chin de aquí a la Eternidad, como quien dice!