Carta de Esmógico City

Una civil reflexión sobre el desarme voluntario

Al principio el cronista aplaudió las cifras del programa de desarme voluntario de la dirección de Programas Preventivos Institucionales de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal. En menos de dos años de haberse iniciado, tal programa ha recogido 16 mil 459 armas de fuego (11 mil 813 cortas, 3 mil 537 largas y mil 105 granadas), las cuales unos ciudadanos altamente conscientes canjearon por paquetes de despensas, licuadoras, computadoras y otros aparatos electrónicos y electrodomésticos que son de uso más hogareño, más civilizado, que las armas de fuego. Pero al poco rato el cronista hizo cálculos y “desaplaudió” algo el asunto, pues esa cantidad de armas recogidas: unas 548 por mes, es decir, 18 por día, le pareció muy pobre para un país en el que —según demostraban las películas de una “época dorada” del cine nacional— los ciudadanos nacen inmediatamente dotados con guitarra, caballo y pistola.

Recuerde el lector (si lo hay) una canción ranchera sublimada por la figura y la voz de un barítono gallardísimo, Jorge Negrete, que cantaba con bravos versos octosílabos: “Con mi caballo retinto/ he venido de muy lejos/y traigo pistola al cinto/y con ella doy consejos”.

Así, por ejemplo, la pistola, tan finamente hecha para la mano y para triunfar rotundamente en cualquier discusión ruda o sutil, resulta ser didáctica y moralizadora, pues te educa aun si para ello debe cadaverizarte. Ningún gran personaje de la más elevada estirpe intelectual emite una razón tan concluyente como la de cualquier pistola, ya sea escuadra o sea revólver, cuando expresa su filosofía en una sílaba: ¡pum! Pero al cronista le parece que las cifras del programa desarmador son pobres, pues sin duda en Esmógico City y sus alrededores defeños hay mucho más de 18 ciudadanos por día, quienes con alta conciencia civil, van armados, ya que están convencidos de que la pistola, la guitarra y el caballo (éste ahora transfigurado en el automóvil) son componentes principales de la “identidad nacional”, o, siquiera, son cosas más poéticas que el horno eléctrico, la televisión, el celular y la computadora. Y esto debe tomarse en cuenta sin dejar de apoyar al nobilísimo programa de desarme voluntario.