Carta de Esmógico City

Los audaces y alegres empapadores de peatones

Ayer el Sistema de Aguas de nuestra (¿nuestra?) ciudad capital informó que en estos comienzos de la temporada de lluvias se producen en la ciudad no menos de una 50 de grandes encharcamientos (¿y porqué no ahorrar sílabas y simplemente decir grandes charcos?) que espejean en un no pequeño número de delegaciones de dicha gran urbe.

El cronista, desde su cuarto de tecleo (que, ay, no es tan amplio y lujoso como el presumido por Gil Gamés, pero que simplemente funciona como aislador del diluvio que azota las ventanas), confiesa que a él no le molestan los grandes charcos tanto como los charquitos, esos que suelen formarse en las cunetas (y, conste: dice un diccionario que las cunetas son las “zanjas destinadas a recoger el agua de la lluvia en cada uno de los dos lados de una calle o carretera”).

Es que en la ciudad abundan los automovilistas practicantes del deporte de empapar peatones, el cual consiste, muy resumidamente, en (1) ir conduciendo el automóvil por el arroyo de la calle o de la avenida, (2) avistar a un peatón que camina descuidadamente por la acera (o la banqueta), (3) orillarse hacia el charquito formado en la cuneta, (4) pasar sobre el charco velozmente, de modo que (5) brote un chorro de agua en forma de abanico que (6) deje empapado y (¡perdón!) encabronado al incauto ciudadano de a pie, que quizá porque acaso lleva paraguas e impermeable (que suele ser demasiado corto) se creía a salvo del artero, el cobarde, el sucio, el, engripador chapuzón.

Y se queda el peatón goteante y casi tintineante, mirando alejarse el auto en que el Empapador Number One (nomber guan) se aleja con una sonrisa de satisfacción equivalente a la de un cazador que se ha apuntado otra pieza viva.

Estornuda el peatón y lamenta no haber tenido suficiente rapidez de reacción para gritarle al automovilista que es un hijo de la que ustedes saben, o cuando menos dispararle un “¡puto!”, como ahora los futbolmaníacos (algunos hasta de las mejores familias) acostumbran gritar, sin duda muy elegante y civilizadamente, al equipo adversario del preferido e idolatrado hasta el delirio y la villanía.