Carta de Esmógico City

Cuando abuelita asalta un banco

De los sucesos notables de días finales del año 2014 y de Esmógico City, el cronista escoge dos que tienen signo femenino y, en algún sentido, un tono heroico. Vaya el suceso primero, aunque quizá no el más merecedor de ser destacado.

En el reciente domingo pasado, dos de las señoras o señoritas reanimadoras de la tradición de las mujeres toreras se enfrentaron en la capitalina Plaza México a unos hastados, los cuales las cornaron. Y el cronista, cuyo grado de tauromaquifilia —perdón por la palabreja— es exactamente de nivel cero, no puede menos que reconocer la valentía, la gallardía y quizá hasta la gracia de las susodichas.

Y viene el suceso segundo, aunque para el cronista sea de mayor relevancia. Una señora, o señorita (pues en estos casos nunca se sabe al primer vistazo), digamos una mujer de unos 60 años, de cabello algo canoso, de aspecto de abuelita (de las que cantaba Cri Cri para que mostraran su sentimental ropero), llegó con paso tranquilo a una sucursal coyoacanense del Banco Santander, se acercó a una ventanilla de pago, e intimidando al cajero (de un modo suave que ya se verá), en menos de minuto y medio cometió un atraco que le aportó 35 mil pesos, tras lo cual salió con andar tranquilo al coyoacanense jardín Centenario y se perdió entre los paseantes.

Eso fue todo, pero es admirable y hasta casi elogiable que en este caso el turulato cajero no fue intimidado con una pistola u otra suerte de arma, sino en un modo literario aunque escueto: mediante una nota que decía: “Tenemos vigilada a tu familia, dame todo el dinero que tengas o ella lo pagará”. Es decir la “abuelita”, con dulce sonrisa muy navideña, cometía algo que no se podría llamar crimen, sino, digamos, acto delicuencial blando. Y el cronista, aunque lamenta los atracos a los bancos (en uno de ellos tiene sus cobardes ahorritos), casi está a punto de aplaudir a tan valiente como dulce y poco brutal atracadora, que solamente ejerció una discreta violencia verbal de la que nadie resultó herido. Ojalá que los profesionales de la delincuencia habitual aprendieran algo del dulce (aunque algo chantagioso, la mera verdá) modo de esa señora o señorita. Ella no lo inventó, pero cuán dulce y femeninamente lo ejerció, ¿a poco no?