Carta de Esmógico City

¡Vámonos pa’ la Feria del Antojito!

Al cronista, que es fan delirante y casi babeante de la cocina mexicana, o, mejor dicho, de las cocinas mexicanas, pues casi hay un modo diferente de gastronomía por cada estado, “se le hace agua la boca” al leer el anuncio de la Canirac —eso significa Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados— de que el jueves 12 de este mes y en la “explanada delegacional” de Iztapalapa se inaugurará la II Feria del Antojito, en la que hasta el 15 habrá sopes, gorditas, quesadillas, tacos al pastor, pozole, enchiladas, tostadas de tinga, escamoles y otras muy saboreables y (ni modo, hay que decirlo) gástricamente peligrosas especialidades del susodicho, vario y nacionalísimo arte culinario que se subliman precisamente en ese sustantivo diminutivo: antojito.

Además, y por si lo anteriormente dicho no fuese bastante, la tal feria de la Canirac promete, quién sabe si por primera o segunda vez, una sabrosura gigantesca a la cual el diminutivo antojito le queda pequeño, y a la que solo se le puede llamar un antojón: nada menos que, según promete la Canirac, el “pambazo más grande del mundo”.

La palabra pambazo es solo mexicana y, hasta donde sabe el cronista (y se lo certifica Wikipedia), significa un plato tradicional procedente de la región del Bajío, el cual suele consistir en una telera rellena de papa cocida y casi hecha puré, más porciones fritas de chorizo y longaniza, y todo bañado en una salsa de chile guajillo.

Y ese pambazazo (¿de cuántos metros o quizá kilómetros?) sí que será un récord que no puede ofrecer ningún otro país más que México, de modo que cualquier ciudadano de acá, además de excitársele las glándulas salivales, siente un orgullo nacionalista que casi anula la pena causada por los otros importantes lugares que ha logrado el país en los tristes índices mundiales del crimen y la corrupción. Y, ya reconfortado de ánimo gracias a un fogonazo de tequila que lo hace sentir súbitamente coronado por un sombrero de charro (o por lo menos de mariachi), el cronista emite una autovaloración triunfal:

—¡Iiijaiiijaiii!, pa’ tener antojones acá nomás nosotros meros!