Carta de Esmógico City

Usted decide: ¿biberones o tetas?

Allá por finales de los años cincuenta y en París el poeta André Breton (la primera cabeza fundadora del movimiento surrealista) tristemente le dijo al cineasta Luis Buñuel (la primera cabeza fundadora del cine surrealista):

—Querido amigo, en estos tiempos ya nadie se escandaliza.

Ese quejido del capitán surrealista lo recuerda el cronista porque resulta que todavía en el mundo, o por lo menos en México y en los primeros años del siglo XXI, hay gente capaz de sentir esa noble exaltación del pudor ultrajado: el escándalo.

La tormenta en un vaso de agua —y esto es pura metáfora, claro, no necesariamente una frase despectiva o agresiva— se produjo cuando un sector tal vez cuantioso de la opinión pública (terreno ahora casi acaparado por su plural sinónimo: las redes ciudadanas) descubrió que las fotos a todo color y a todas curvas con las cuales el Gobierno del Distrito Federal pretende inducir en las madres mexicanas el hábito de amamantar a sus bebés dándoles el pecho (eufemismo que significa teta, o, menos lindamente, chichi) eran, en resumidas cuentas, y aunque ocultas tras leves velos, mera pornografía.

Inmediatamente las buenas conciencias pusieron el grito en el cielo —y esto también es metáfora y no un injustificado impulso lírico del cronista—, pues al parecer había en tal campaña, con tales “provocativas” fotos, el signo de una conspiración para, ¡horror de los horrores!, sexualizar la Maternidad (con mayúscula, que es cosa noble).

¡“Sexualizar la Maternidad”, gulp!

Quizá el cronista sea un perverso polimorfo, pues toda la vida (desde la niñez en la que, digamos, nunca vio volar en el cielo una cigüeña portando bebé en el pico) ha sospechado que la Maternidad estaba en relación con el sexo, o dicho más sinceramente: que sin la vulgaridad del sexo (y además cometido a dúo) no habría Maternidad con mayúscula, o ni siquiera maternidad con minúscula.

Pero acaso el lector, si ha leído al doctor Freud, ya sepa que el cronista, como todos los hombres (y todas las mujeres y todos los animales, including la ostra), está dotado de sexualidad desde la niñez; es decir, más “incorrectamente”, que todos somos cachondos desde chiquitos. Así que los velados pechos de esas fotos acaso también quieran, tímidamente, invitar a los bebés a cambiar las falsas tetas de goma y preferir los biberones naturales y carnales, o sea las reales tetas.