Carta de Esmógico City

Testimonio inédito de un intrépido "crucerista"

Yo, señor cronista, aquí donde usté me ve con mi insignificante aspecto de ciudadano común y corriente (pues, pa’qué más que la mera verdá, eso soy), practico —no con con pedal y fibra, sino con pie y fibra— un deporte del que quizá hasta orita no había usté oído hablar y del cual dígame si cree que es patentable en plan profesional. Y le cuento: me dedico al cotidiano deporte de cruzar cruceros de esta tan crucereada Esmógico City.

Soy crucerista, pues, y lo soy desde que leí en el Milenio Diario la noticia de que esta canija urbe tiene nueve cruceros que están entre los más peligrosos del país, y, ¿por qué no?, quizá del mundo.

Yo todas las mañanas, tras un desayuno ligero y con mi ropa de todos los días, más mi inmarcesible corazón de veterano de la peatonería andante, salgo de mi hogar a trabajar, y al mismo tiempo, a ejercer el deporte de enfrentarme, con paso sereno y mirada aquilina, al automovilerío que humosa, ruidosa y claxoneramente pasa y se entrecruza, ¡y se diría que casi se entreteje!, en uno o dos de  estos puntos que entre todos causan unos quince atropellamientos diarios (y no está mal la cuenta, ¿no?, yo creo que es un récord digno de figurar en la celebérrima guía Guinnes):

Avenida Circunvalación y San Pablo, Eje Central y Francisco I. Madero, José María Izazaga y José María Pino Suárez, Fray Servando Teresa de Mier y 20 de Noviembre,  Chapultepec y Lieja, Tláhuac y Periférico, Insugentes y Eje Sur Holbein, Circulación y San Pablo, Mariano Escobedo y Presidente Masaryck, Paseo de la Reforma e Hidalgo, Bucareli y Paseo de la Reforma y…

¡Híjole, qué bárbaro, dije nueve cruceros y ya me estaba pasando con dos más! Pero, pues, mejor que sean por lo menos once, para que se aquilate mi heroico esfuerzo de atleta humilde y discreto pero tenaz y ejemplar de la Peatonería Andante.

Ya habrá usté notado, señor cronista, que mi zona más frecuentada es la del centro de la ciudad, la de la delegación Cuauhtémoc, porque acaso allí hay el peatonerío más bravío y de mayor calidad, entre el cual hay también no pocos cruceristas de heroica veteranía, y aunque no acostumbremos recibir medallas o cualquier clase de condecoración, se me reconoce y celebra como un campeón, ¡faltaría más!