Carta de Esmógico City

El Taxista Filósofo quiere otra Ciudad de México

Noposí, mi buen —le dice al cronista el resucitado Taxista Filósofo mientras con runflante vochito "del año de la canica" (vieja expresión misteriosa: ¿cuál canica y cuál año?) intenta abrirse paso entre el caos rugiente de la avenida Revolución en cruce con la avenida Río Mixcoac—, aquí a un seguro servidor y leal amigo (o séase yo mero) ya esta ciudad le parece un mero caos... Aunque, como puede usted ver (con esos poderosos anteojos parecidos a los de mi compadre Pepehuicho, alias el Cartujo), es un caos cada día más paralítico. La ciudad capirucha resulta cada día más congestionada como una ubre (urbe, ubre, ¿ya se fijó que hice un jueguito de palabras?) de una furiosa vaca urgida de ordeña, pero claro está que aquí no se trata de leche (bueno, quién sabe, a lo mejor sí, pero de mala leche... ¡perdonando la expresión!), sino de invialidad, de ruidero, de esmog, de gas carbono y cabrón (¿ya se fijó?, me salió otro jueguito de palabras; como que es alarmante, ¿estaré degenerándome en poeta?), y... ¡Órale!, ya con tanto claxonerío de la manada de los bueyes extravié el hilo de las palabras... Lo que un servidor quiere decir es que esta metrópoli, de tan desmadrosa, o séase salida de madre (¡perdonando la expresión!), ya se fregó, ya casi no sirve, ya está muy enferma, ya agoniza, ya va para cadáver de ciudad, ya nomás le falta que la entierren y le pongan la marmórea lapidota de RIP (que no significaría Revolucionario Institucional Partido, sino Requiescat in pace), de modo que ya nosotros, los del ciudadanaje, un día podamos sentirnos liberados de la chingalópolis e irnos a fundar en otra parte una nueva Ciudad de México de veras viable, hecha para seres humanos de los nueve meses a los noventa años y de todos los sexos, del primero al tercero, y hasta tengamos como antaño cielos cotidianos de puro aire y esplendor solo frecuentados por los volanderos y multicolores papalotes que nuevamente floten en un horizonte de etéreo e inmarcesible azul y... ¡Órale, mi buen!, le digo que me estoy asustando, pues como que voy degenerando de Taxista Filosofo en Taxista Poeta, y mejor aquí le paro al chorro verbal, o sáse a la verborrea (¡perdonando la expresión!)... Noposí, ¿no?