Carta de Esmógico City

“Querido vecino, me encargan que sea tu espía”

Con asombro que le hace parpadear fuertemente y casi le causa la caída de los párpados (como teme cuando algo lo inquieta y le incrementa el insomnio), el cronista leyó en su periódico preferido: MILENIO Diario, la nota de Elia Castillo acerca de un pronunciamiento de doña Dione Anguiano, jefa de la tan populosa como popular y problemática delegación Iztapalapa.

Percatándose de que la ciudad crece y "ya no es posible que el gobierno resuelva todo" (hazaña estatal en la que solo confían algunos ingenuos y atarantados), doña Dione decidió que los iztapalapeños deben ser espías de los vecinos que por descuido o acaso por mala intención (para todo hay gente) tiran su basura a las banquetas y al arroyo de la calle.

El caso es que doña Dione anunció, "para que los ciudadanos coparticipen en el cuidado de su entorno", un programa titulado Vecino Vigilante, que consiste en investigar y denunciar a los tales vecinos delincuentes. El civilísimo programa propone, de hecho, que cada ciudadano (¿por ahora tan solo el de Iztapalapa?) se convierta en policía respecto a cada vecino, o sea que lo vigile, por no decir que lo espíe, y, en caso de verlo arrojar basura, denuncie el hecho y al malhechor ante la autoridá.

Teme el cronista —mientras cada cuarto de hora da vuelta a un lado y a otro, e inversamente, en el lecho transformado en máquina del insomnio— que si el proyecto es considerado felicísimo por el gobierno general, o sea la vieja pero ahora flamante Ciudad de México, acaso será extendido al resto de las delegaciones. Y vaya la temblorosa pero firme advertencia: el cronista se excluye de tal formal o informal oficio, pues cree que sus padres no lo engendraron para ser espía de nadie. Él comprende que mientras hombres y mujeres no nos hagamos comprensivos y corteses para nuestros congéneres, es inconcebible y desde luego imposible que la sociedá prescinda de policías o gendarmes o cuicos o chota en general, pero...

Que cada uno cumpla con la vocación que la naturaleza o el azar o un dios le dio.

Y una vocación también es obligación, ya sea etérea o concreta.