Carta de Esmógico City

¡El Palacio de Bellas Artes y el cronista, ochentones!

¡El Palacio de Bellas Artes y el cronista, ochentones!

El cronista, disculpándose de escribir en tono muy personal, confiesa que, al encontrar en su periódico favorito el encartable “80 años del Palacio de Bellas Artes”, con una historia en fotos y pies de página del susodicho y prestigioso edificio, se asustó al redescubrir, que siendo éste un monumental y venerable octogenario (si se toma en cuenta como real fecha de su nacimiento la de su formal estreno en el 29 de septiembre de 1934), el tal Palacio es más joven que el cronista… aunque nomás sea por seis meses. Y sucede que, a la vista de un monumento rico en Cultura, o sea en historias y en Historia, se tiende a considerarlo eterno para delante y para atrás, es decir que se piensa o al menos se siente que, con su masa marmórea y algo dorada, el susodicho edificio ha estado en el país y en el mundo desde el comienzo mismo del tiempo (como sucede con todo lo que es imprescindible).

Los recuerdos vienen a recalentar el corazón del cronista, quien desde sus doce años ha visitado, recorrido, y a veces casi habitado ese templo afortunadamente profano de las artes y también de las letras. En la niñez el cronista admiraba al Palacio mismo como un objet d’art; luego le fue pareciendo demasiado “bonito”, o sea cursi, con su aspecto de gran pastelón coronado de merengue entre amarillo y anaranjado, pero siempre le ha parecido muy digno, necesario y querible. Allí en gran parte inició el niño que sería un cronista su amor por la música, por la pintura, por la escultura, y su frecuentación de artistas y escritores “en vivo” (por primeros ejemplos, los admirables José Luis Cuevas y Juan José Arreola).

Ahora que algunos críticos emprendieron una oposición al “estado editor”, la cual, en funcionalísima lógica, podría extenderse al “estado promotor cultural”, es de temerse que un día la andanada (ya casi campañita) vaya contra el Palacio y se exija que conciertos, exposiciones y conferencias queden enteramente a cargo de la iniciativa privada, la cual tiene buenas y malas y regulares empresas, pero la rigen las muy racionales como implacables leyes del mercado.

Y… se termina el espacio, así que el cronista seguirá con el asunto en la próxima semana.