Carta de Esmógico City

Ojo: ¡la acera puede apuñalarte!

Raíces levantaron banqueta. Foto: Especial


Acaso la foto, pese a su pequeñez en esta columnita, sea escalofriante. Esa banqueta, o acera —palabra más precisa, pues “banqueta” significa también un pequeño mueble de asiento—, es uno de los miles de peligros acechantes al peatón en cualquier calle de la ciudad. El suelo de esa dizque tranquila acera, como el de muchas de “nuestra” ciudad, se resquebrajó y se alzó en filos que amenazan con herir al ciudadano que pagando los impuestos costea esa banqueta y la urbanización chafa. Es la imagen de una de las innumerables trampas ofrecidas por Esmógico City. La banqueta se ve agresiva porque los funcionarios responsables del ramo ignoran que los árboles toman de la tierra el agua de la lluvia o del riego, sorbiéndola por las raíces más que por las ramas y las hojas, de modo que si les aprisionan las raíces, éstas buscan salir a la superficie a obtener lo que, para ellas como para nosotros, es un elemento vital, y empujando hacia arriba, resquebrajan el duro suelo y forman peligrosos filos.

Una tarde, en una acera o banqueta recién llovida de la calle Centenario de Coyoacán, el cronista paseante resbaló y cayó sobre un alzado filo de la acera o banqueta rajada por las forzudas raíces. El cronista, como si lo hubieran apuñalado en una rodilla, cojeó durante un par de semanas, pero no se encabronó con las banquetas ni con los árboles ni con Coyoacán, sino con las “autoridades urbanísticas” que por ignorancia y dejadez acrecientan los ya no pocos peligros de Esmógico City.

Si al cronista lo encorajina el asunto es porque de vez en vez las autoridades del ramo, quizá avergonzadas de la ciudad casi irrespirable, emprenden campañas de reforestación que brillan por la falta de una inteligencia digamos técnica. Plantan millones de árboles pero les aprisionan las raíces bajo el cemento y (mientras el Partidículo Verde guarda un silencio cómplice) impiden a los mismos árboles respirar y beber como los seres vivos que son. Y las raíces, en busca del agua como de la libertad, hacen brotar del suelo cuchillos inocentemente criminales.