Carta de Esmógico City

¡Oh, sin faldas ni pantalones en el Metro!

La linda muchacha, en suéter guinda, en zapatos de tacón, y, ¡oh!, en shorts que parecían pantaletas azules, entró en el vagón del Metro con una oleada de jóvenes despantalonados y muchachas desfaldadas, y, eligiendo al azar al cronista, lo provocó con voz dulcísima:

—Ándele, señor, atrévase, ¡fuera el pantalón!

El cronista se hubiera atrevido a cualquier cosa con la seductora mocita: trepar con ella a la cima del Himalaya, enfrentarse desarmado a una manada de leones, oir durante media hora una sesión de rock duro ¡y hasta dar un beso a la susodicha!, pero, atenazado por el pudor, solo alcanzó a ajustarse el cinturón, como si la muchacha fuese a bajarle el pantalón por sorpresa. Recordó entonces que cuando era jovenazo (lo fue alguna vez) tenía pesadillas en las que se hallaba desnudo en medio de una reunión de tipo high society y buscaba desesperadamente algo con qué cubrirse las “partes nobles” (llamadas así aunque solemos ocultarlas).

—¡Disculpe, señorita, pero hace mucho frío!—dijo el cronista.

Y se apresuró a bajar del vagón unas cinco estaciones antes de aquella cercana a su hogar.

Quizá alguno de los escasos lectores del cronista se pregunte por qué un individuo que presume de ser algo libertario y nada mojigato no se “atrevió” a despantalonarse.

Vaya una posible explicación.

Sucede que el cronista, a quien le llegó un ramalazo de aquellas pesadillas en que se veía despantalonado entre una muchedumbre de personas vestidísimas y hasta elegantes, tiene el pudor de saberse nada atlético ni hermoso. Es casi calvo, muy anteojudo, algo panzoncillo y, ¡en fin!: carece de cualidades digamos fotogénicas. Por eso prefiere  seguir siendo un empantalonado…

Por lo demás, dicho sea sin ofender a nadie, lo mismo les ocurría algunas desfaldadas y despantalonados, en el vagón. Aunque en su mayoría ellas y ellos eran muy jóvenes y de suficiente belleza o apostura como para que se considerasen merecedores de exhibirse de ese modo, en cambio otras y otros merecían que el cronista, o cualquiera, apartase de ellos la mirada, pues mostraban cuerpos que daban “mu”, es decir ese súbito y veces sofocante ataque de vergüenza por causa de otro.