Carta de Esmógico City

Melancólica reflexión acerca del 5 de junio

Vaya susto seguido de disgusto —y perdónese la rima, que tan fea se ve en la prosa, sea ésta informativamente periodística o sublimemente literaria— los que ha sufrido el cronista al leer en diarios y al oír en la tele los primeros resultados de la jornada electoral del domingo 5 de junio, un día que el susodicho escribidor había creído que figuraría en la historia de la ciudad capital del país como una fecha de honor y gloria, digna de grabarse en mármoles para perpetuarse en monumentos, porque, según los mejores auspicios del INE (Instituto Nacional Electoral), el ciudadanaje de Ciudad de México acudiría como nunca antes a cumplir tan esforzada como alegremente con el deber de votar para ser ciudadanos dignos de ascender a la Historia, ahora escrita con hache mayúscula.

Pero las noticias echaron muy abajo esa esperanza del cronista y, sin duda, de otros muchos ciudadanos capitalinos. Según fueron llegando las noticias al papel y a las pantallas, resultó que de los siete millones y medio posibles votantes registrados en el padrón electoral solo cumplió con esa obligación o con ese derecho un escuálido y gris 28 por ciento, por lo cual, de acuerdo con el PREP (Programa de Resultados Electorales Preliminares), del INE, hubo un verdadero fiasco, y, según dice un reportero con algún desalentador ímpetu metafórico y simbolizante, hasta las redes sociales hicieron visible al Fantasma de la Abstención mediante fotografías de casillas vacías o muy escasamente visitadas. Y, en modo más preciso, según el mismo PREP, de las previstas 13 mil actas electorales solo se obtuvieron unas 7 mil, es decir que de cada diez ciudadanos solo votaron tres.

Tristemente el cronista se rinde ante la evidencia: a pesar de que en 43 días de intensas, muy vociferadas y gesticuladas campañas, los partidos "echaron toda la carne al asador" (y, por cierto, ¿a qué sabrá, asada o frita, la carne de partido?), no lograron seducir o siquiera convencer a gran parte del ciudadanaje capitalino.

Y es cosa de rascarse el colodrillo hasta más allá de la nuca. ¿Qué le ha pasado a la tradicional capacidad retórica de los representantes de los partidos, los cuales, hace no muchas décadas, arrastraban detrás suyo, como el flautista de Hamelín, no a niños, sino a adultos quizá infantilizados, pero que eran garantizados votantes?

Y el eco de un antañón romance susurra a la oreja del cronista:

"¿Qué se hizo el rey don Juan?

Los infantes de Aragón

¿qué se hicieron?

¿Qué fue de tanto galán,

qué de tanta invención

que trajeron?"