Carta de Esmógico City

Manifiesto contra la tal Fórmula 1

Orgulloso, aunque también espantado de la heroicidad cotidiana que significa ser ciudadano de a pie en Esmógico City, es decir ser peatón en un caos que presume de ciudad, el cronista proclama que no es de los tres o cuatro millones de seres humanos, o lo que sean, que no pueden vivir si no es agarrándose como náufragos al volante de un vehículo motorizado, pisando a fondo el acelerador y aullando con el claxon para abrirse paso entre millones de otros especímenes amantes del automóvil, ese animal metálico con patas circulares, esa bestia mecánica runflante, petardeante y —¡excusez moi!— a veces pedorreante, que parece reproducirse en mayor número que el ciudadanaje y está dominando nuestro colectivo hábitat.

Dígase de una vez: al cronista le repatea el ánimo esa Fórmula 1 que ha enloquecido a mucho ciudadanaje, que se ha impuesto como automovilatría, como mero vicio, como enajenación delirante. ¡Ah, la Fórmula 1, que dizque va a ser la salvación económica del país y su actividad cultural más prominente, incluso un futuro rasgo de identidad nacional y la razón de ser del ciudadano! ¡Endiosamiento del automóvil como hogar y templo del hombre!

Hace unos días en la televisión —que también puede ser una pasión derivada hacia el vicio— casi no se podía encontrar un canal informativo que no derramase noticias y propaganda sobre la tal Fórmula 1, o sea las carreras de automóviles recientemente reinstaladas —reinstauradas— en Esmógico City. Se hubiera dicho que se quería emborrachar de gasolina al ciudadanaje y que sólo valía la pena existir en la ciudad para marearse viendo y oyendo dar vueltas desenfrenadas a los susodichos animales de cuatro ruedas, que, por cierto, algunos locutores "cultos" llamaban "monoplazas".

Quizá oponerse o meramente no participar de la obsesión de millones de conciudadanos por un supuesto deporte, en este caso el de las carreras de autos, puede resultar impopular y hasta social y políticamente incorrecto... pero el cronista proclama su peatonía esencial, su condición de eventual metronauta, su racional uso del taxi en lo imprescindible y su anhelo de calles y avenidas que sean paseables y no invadidas, dominadas, sojuzgadas por el imperio de las bestias de cuatro o más ruedas.