Carta de Esmógico City

Kong en Días de Reyes

King Kong, el señor gigantesco de la selva claroscura y primigenia fundada por el cine, no ha muerto al caer del Empire State como final de la trampa de amor tendida por la adorable rubia Ann Darrow. No, King (Rey) Kong no murió, pues se presenta en estos días en el circo Atayde, donde tiene por nombre Truxon, no esas dos sílabas como campanillazo y tamborazo: Kiiiiing Koooong. Y en estos días de regalo iniciados por los Reyes Magos en honor de los niños, tal vez irán a visitarlo muchos miles de fulanitos.

¿Qué sucede? Si desde hace seis meses rige la prohibición de animales en los circos, escandalizaría que el bien afamado Atayde presente en show un animal... o mejor dicho un animalazo, pues el gigantesco ser, o lo que sea, mide 9 metros de alto por 5 de ancho, y ruge, y se mueve, aunque pesa una tonelada.

Truxon no es de supuesta condición animal, como aquel rey Kong de una de las mejores películas de todos los tiempos, realizada en 1933 por Schoedsack y Cooper en blanco y negro. Las otras versiones fílmicas son más espectaculares, con más color, más tamaño de pantalla y mejor tecnología, pero carecen del poder onírico y poético de aquella versión primera (la película que con Singing in the Rain y The quiet man habrá visto más veces el cronista). En realidad el Truxon del circo, el que no se atreve a llamarse King Kong (¿cuestión de copy rigth?), no es un gigante zoológico, sino... un robot, como el "Arturito" de La Guerra de las Galaxias, aunque "a lo bestia". Pero el cronista siente que con el retorno del personaje (aunque de otro nombre y otras técnicas), vuelve a vivir en el tiempo en que, entonces muy niño, conoció la magia del cine y protestó llorando a gritos porque los aviones asesinaban al querible monstruo. Después de todo, ya en su primera película un muy vivo y hasta vivaz Kong era un muñecote artificialmente movido por una sencilla mecánica y agigantado por los efectos de back projection.

Sea como sea, Kong continúa amoroso y rugiente en la mitología íntima del cronista... Mito personal, pero inmorible mientras el cronista viva (que, despreocúpense, no será mucho).