Carta de Esmógico City

Guillermo, el Rescatador de la Ciudad

El pasado domingo falleció, a los apenas 57 años, el historiador Guillermo Tovar de Teresa, que fue Cronista —así, con merecidísima mayúscula— de la Ciudad de México y que seguirá siéndolo gracias a la relectura de sus libros y al vivo recuerdo de su lucha en pro del patrimonio cultural de esta urbe capital, y por tanto de todo México.

Esa misma noche del domingo el pretendido cronista —así, con justísima minúscula— de la misma urbe, o sea quien ahora escribe estas líneas, le rindió a Tovar y de Teresa el modo de homenaje que acostumbra cada vez que muere un escritor admirado, es decir que releyó La Ciudad de los palacios/ crónica de un patrimonio perdido, quizá la obra mayor y maestra del autor, que el cronista con minúscula posee en la primera edición (Vuelta, 1990). Es un libro en dos tomos con un total de cuatrocientas páginas, con textos introductorios de Enrique Krauze y José Iturriaga y un gran número de fotografías de antes-y-después que muestran cuál era el esplendor y cuál es la decadencia de la que fue ciudad palaciega y hoy es la urbe traicionada, afeada y degradada por no pocos adefesios “modernos”, por una vialidad atroz y  por “estas ruinas que ves” (como dirían Rodrigo Caro y Jorge Ibargüengoitia). Y es un libro que, aun si une la tristeza de su asunto a la del fallecimiento de su autor, debería ser reeditado una y otra vez en un vasto número de ejemplares y a precios accesibles, o gratis, para que cada ciudadano de la actual Esmógico City sepa cómo se ha ido asesinando a esta ayer magnífic y hoy casi deplorable ciudad en la que unos nacen y a otros nos toca vivir. Un libro del que Krauze dice que es “una amorosa, apasionada y por momentos delirante, desperada labor de rescate”.

Sí, Guillermo Tovar de Teresa desde los trece años ha sido un esforzado rescatador de la belleza y la gloria citadinas. Y lo fue hasta sus últimos días, en los que luchó por proteger la espléndida escultura ecuestre de Carlos IV de España, la cariñosa o despectivamente apodada “El Caballito”, a la que  habían dañado los empleados de una burocracia ignorante y en consecuencia inepta.