Carta de Esmógico City

¡Guerrita reggaetonera!

Sospechando que las tribus no sólo eran las comunidades de indios pieles rojas que en las películas hollywoodenses combatían al Séptimo de Caballería, el cronista dedicó hace unos cinco años y en esta columna unos reportajillos dedicados a las tribus de los darketos, los punketos, los emos y los anarquetos. Quién sabe qué fue de esas constelaciones humanas, pues parecen haber pasado de moda. A veces el cronista cree que ya se desvanecieron en el tumulto o en el sopor de los tiempos, pero quizá no sea así, tal vez sólo se han retirado a descansar por un rato (con la excepción de los anarquetos, los cuales podrían haberse incorporado a la tribu de los llamados anarquistas que están dando guerra en los espacios citadinos).

Quién sabe, pues, pero por lo pronto el cronista, que ha de confesar no estar al día de absolutamente todo lo que se mueve en la ciudad, se enteró, gracias a haber contemplado una trifulca en una estación del metro de la línea número 7, la de San Pedro de los Pinos, que la tribu acaso menos vieja de los reggaetoneros (esos recitadores de canciones en un modo como de metralleta tartamuda) se bifurca en subtribus, las cuales viven en discordia y se desfogan de cuando en cuando con una buena batallita que, para no perder la tradición del show, ha de realizarse a la vista de los demás ciudadanos (en este caso los viajeros de la susodicha séptima línea del tren subterráneo metropolitano).

Y el cronista, a quien, siendo frecuente pasajero de la red interllineal del Metro, le tocó presenciar en la línea 7 la trifulca introrreggaetonera, se pregunta cuántas otras tribus habrá o se estarán formando, además de las quizá ya un tanto afantasmadas de los emos y los punketos y los darketos y anarquetos, a las que ahora se suma la de los reggaetoneros con sus subtribus.

Todo puede tolerarlo una ciudad tan viva como la de Esmógico, así que aguantemos que los regaettoneros nos fatiguen los oídos con sus mecánicas melopeas silabeantes, y, de paso, disfrutemos el contemplar alguna de sus palizas fraternales en las que emitan los gritos y chillidos que quieran, pero ojalá que, al menos durante el tiempo en que pelean, no “reggatoneen”.