Carta de Esmógico City

Gran suceso para la crónica citadina: ¡un arco iris!

De pronto, inmediatamente después del chubasco que anteayer entró por la ventana abierta empapando algunos libros puestos en un librero bajo ella, apareció un arco iris amplio y majestuoso como un frontón de catedral y completo como por un milagro de la etérea arquitectura de la lluvia y el cielo y el horizonte (oye, cronista, bájale el tono dizque lírico, pues puedes incurrir en cursilería). Era un enorme arco iris (que también se puede decir en una sola palabra: arcoíris), y el extraordinario fenómeno, obra de arte de la Madre Naturaleza en plan de pintora abstracta, causó alegres gritos a los niños de los vecinos que jugaban en el patio-jardín del condominio. Es pues de saberse que esa especie de aclamación de los chavitos atrajo al cronista a la ventana y le hizo admirar el hecho magnificado por su excepcionalidad en esta Esmógico City tan casi perpetuamente ofendida y humillada por un horizonte gris y esmogiento que el cronista no recuerda cuántos años, o quizá cuántas décadas, han pasado sin que él haya visto prodigio semejante, a tal punto que bien pudo sospechar que tal espectáculo nunca había sido real, y que mentían los libros de ciencias naturales que lo describen como “un fenómeno  óptico y meteorológico que produce la aparición de un espectro de luz en el cielo cuando los rayos del sol atraviesan pequeñas gotas de agua contenidas en la atmósfera terrestre”, pero que por su rara frecuencia en la región menos transparente del aire resulta ser tan fantástico como esos milagros que cuentan las leyendas medievales  e ilustran los vitrales de las catedrales antiguas.

Por todo lo cual el cronista, punto menos que conmovido hasta las lágrimas, al preguntarse cómo consignar el hecho en su columna sin incidir en cursilería, ha recordado a Fernando Tova, un viejo amigo de juventud, muy reacio a las expresiones finas (pues le parecían cursis, precisamente), quien, en una ocasión, maravillado por un arco iris de arco completo, y no atreviéndose a usar palabras como “hermoso”, “bello” o “lindo” (que según él eran propias de la jerga de los maricones), exclamó la frase más inesperada por su modo de adjetivar el fenómeno:

—¡Mira, Colina, qué arcoíris tan simpático