Carta de Esmógico City

‘Gasolinazos’ no... pero ¿quién sabe?

Hace más de veinte años que el cronista, atrapado casi durante una hora dentro de su ya viejo volksvaguencito sedán y en un runflante, humeante, bocineante embotellamiento del Periférico, decidió no conducir más y, quién sabe cómo (pues la memoria ha desdibujado algo aquel infernal momento), logró sacar el automovilito a una calleja literal y hablar desde una cabina telefónica al señor Aoki, jefe de taller mecánico que le daba servicio y que además era coleccionista de viejos automóviles.

—Señor Aoki —dijo el cronista—, usted siempre ha querido comprar mi cochecito al que considera usted una pieza de museo. Pues bien, se lo dejo en la calleja tal y tal y envíe usted a uno de sus empleados para que lo recoja, y luego nos pondremos de acuerdo sobre el precio.

Así fue como el cronista abandonó el automovilismo (casi con la inmediatez con que dejó de fumar) y decidió en adelante usar el Metro o cualquier otro medio de transporte colectivo, o, en caso de ser absolutamente necesario, algún taxi.

Desde entonces el susodicho se había desinteresado del precio de las gasolinas, asunto que en principio solo interesaría a los aún automovilistas, pero he aquí que en estos días primeros de 2015 tuvo el cronista que pagar un precio casi desorbitante a un taxista que alegó, ¿como disculpa o como coartada?, el flamante gasolinazo.

El cronista se ha preocupado otra vez del asunto porque recientemente ha estado obligado a usar taxis con alguna frecuencia, y la lectura de noticias solo le ha dejado en la confusión y en un temblorcillo de la espina dorsal.

¿De veras la gasolina no subirá en todo 2015, como ha dicho una autoridad en el ramo, o son de esperar más gasolinazos pues la economía del país quizá se halla en un estado “flotante” (por decir lo menos) y en realidad nadie puede confiar en una estabilidad de precios cuando arrecian las crisis que hacen tambalearse otras economías del mundo más estables y quizá más serias?

Un día tras otro los periódicos y otros medios informativos nos enteran acerca de esas crisis económicas cada vez más mundiales, y a la vez nos dicen que aquí no habrá más gasolinazos, pero el cronista, a saber por qué, se ha sentido otra vez preso en un automovilito y en el caos inmóvil pero muy apretado, aullante y humeante, de un embotellamiento en el Periférico.