Carta de Esmógico City

Divagaciones navidosas (I)

El cronista, a la hora del desayuno mañanero, el único que toma (porque no es como los hobbits, que acostumbran tomar dos y hasta tres en el mismo día, según Tolkien, el gran cronista de esos patones y simpáticos ciudadanos de la Tierra de En Medio), leyó los consejos emitidos por una secretaría estatal para que cada ciudadano se ponga “buzo” (es decir “abusado”, o, mejor dicho, aguzado), de modo que los delincuentes no le “bajen” (es decir le “vuelen”, o sea: le roben) los pesos recibidos en aguinaldos, remuneraciones y gratificaciones en esta época del año en que se rinde culto, no al siempre renacido niño Jesús, sino a Santa Clos, ese personaje intolerable (para el cronista, al menos) que, vestido de loca rojiazul y carcajeante,  nos recomienda juiciosamente preservar ese mismo dinero para alegremente gastarlo en las tiendas que desde un mes y días adelantados  exhiben la bisutería dizque navideña para adornar el arbolito de imprescindible presencia en la sala o en cualquier rincón del hogar de “cada quien”.

El cronista ingurje otro traguito de café, se rasca la calva y canosa testa y decide, como en todos los finales de año, no poner en la sala el tal arbolito adornable porque no están (y quizá nunca han estado) los tiempos para chucherías (sin alusión a los “Chuchos”, porque esta columna quiere ser apolítica), pero, también como en todos los finales de año, el cronista se resignará y se doblará ante el cariñoso chantaje navideño que el ambiente navidoso impone hasta a los más reacios a gozarlo, o a sufrirlo, o a “sufrigozarlo” (palabra compuesta  que el cronista ha esforzadamente fabricado y la patentará para que no se la plagien los vivales, conste). Y es que, además, las tiranías, como por ejemplo esta de Santa Clos, suelen ser secretamente peores que las más espectacularmente duras, aunque sean religiosas y no ideológicas… pero, ah caray, parece que la religión también es una ideología y que, si no entra por la puerta o por la ventana, entrará, como Santoclos, por la chimenea de la sala (en caso de que uno, en modo burguesote, tenga chimenea en la sala… y, claro está, si tiene sala).