Carta de Esmógico City

Divagaciones Navidosas (III)

El de la voz, tras asestarse un poderoso, un cordial, un reanimador fogonazo de tequila para aliviar a la estornudante y moqueante nariz, y no por vicio (aunque también por eso), declara que, si bien ha manifestado no pocas veces la incomodidad y hasta la irritación que, aparte de una vaga y temblorosilla nostalgia más o menos fraternicia, le causan la temporada navidosa y el culto a Santaclotch, debe decir, en cambio, que él no está contra la Navidad, que solo ha escrito que ésta le aumenta una tristeza casi casi congenital, pero que sí está de acuerdo en que a otros les motive alegría y jolgorio, allá ellos, pues; y en consecuencia el de la voz no es cómplice en el incendio del gran árbol de Navidad, que hace unos días, mediante un bombazo “Molotov”, unos jovenazos perpetraron en el Paseo de la Reforma, motivados, al parecer, y según las autoridades, porque los susodichos están en contra del aumento a la tarifa del boleto del Metro, lo cual, dicho sea de paso, no tiene mucha congruencia, pues nada tiene que ver un hecho con el otro, y ¡vaya!,  exclama del de la voz, ni siquiera si el jefe de gobierno de la ciudad odiase a la Cocacola, compañía refresquera que patrocinaba al árbol de marras, se le podría acusar de odiar al susodicho arbolito o arbolote y en consecuencia de haber ordenado su quema, pues, según supo el de la voz, el jefe de gobierno estaba más ocupado en la instalación de la vasta, helada, patinable pista de hielo con la que ha regalado a los ciudadanos para que “navideen” a placer  deslizándose en rectas, curvas, círculos, espirales, ochos (que, cuando están horizontales, son símbolo del infinito) y otras figuras, y hasta dándose sentones que pueden ser gustosos, allá cada quien; y el de la voz se permite añadir que, en plan de ponerse sospechosista, quizá los jovenazos incendiarios sí estaban ebrios, no de navideña alegría, sino de ideología antigringa, y lo mismo quisieron atacar al culto al tal refresco que al mito del personajazo navidoso… pero el de la voz solo sabe que quién sabe.