Carta de Esmógico City

Divagación (o delirio) invernal

Asomando apenas la testa arriba de la montañita de ropa y de mantas en que se envuelve para defenderse de la hipotermia, el cronista, autodesencamado e instaurado ante la computadora, teclea heroicamente la Carta de Esmógico City para MILENIO, su periódico favorito (edición del miércoles), y mientras tanto la radio lo entera de que los chavitos, los peques, los chamaquillos, para educarse “cual debe de ser” (es decir cómo quieren sus papás y sus mamás, y tal vez como quiere alguno de esos infantes que se sepa predestinado a ser, digamos, un Einstein o un Alfonso Reyes, o cuando menos, y nada menos, un verdadero maestro de primaria), acuden en masa, o en hileras o en racimos, a todas las escuelas de todo el territorio de la República Mexicana.

Y de repente el cronista se pregunta, inquieto y a punto de congelársele la nariz, si todavía algunos de los susodichos planteles seguirán cerrados porque muchos “maistros”, enojados con la Reforma educativa que según ellos les asestaron injustamente el diputaderío y el Gobierno, se niegan a cumplir con lo que les da su profesional y profesoral razón de ser: la noble tarea de la pedagogía.

Y de repente al cronista le “da de alazo la nostalgia” (como diría Gabilondo Soler, alias Cri-Cri, el Grillito Cantor), y se acuerda de sus, uy, lejanísimos días de escuela, que le fueron gratos gracias a los ejemplares maestros (no “maistros”) que le deparó el destino, ¡oh circunstancia feliz!, pese a que el cronista acudía a la escuela durante inviernos también crueles, aunque quizá no tanto como el actual invierno, gracias a ese cabrón cambio climático mundial que nos ha asestado la feroz, la omnipotente, la fanfarrona industrialización del mundo, a la cual (no nos hagamos tontos, pues también somos culpables en alguna medida) contribuimos todos, todos ¿eh?, con nuestra asumida condición de consumidores sin medida y sin freno, a tal punto que hasta estamos acabando con un alimento tan noble como el maíz, convirtiéndolo en el meramente mascable e insípido popcorn con el que tanto más rumiamos en el cine cuanto más tonta sea la película.