Carta de Esmógico City

¡Desenchíclenme la ciudad, por favor!

El STC, siglas que no significan Sobrecargado Tracataca Ciudadano, como algunos lectores maliciosos quizá sospechan, y conste que se les admitiría que están en su derecho de practicar el sospechosismo respecto a este este orden social tan sospechable —como por demás todos lo son, mientras los gobiernos sigan siendo perfectibles... y sentémonos para no cansarnos de esperar—, sino que solamente tales letras quieren decir, de modo quizá no elegante pero al menos no tan abrumador, Sistema de Transporte Colectivo, ha distribuido en las taquillas del Metro 10 millones de boletos en los cuales las autoridades del Centro Histórico al ciudadanaje, incluido el cronista, claro está, le hacen una invitación negativa.

Pero, ¿cómo es eso —dirá el lector, si lo hay— de "invitación negativa"? Pues sí, se apresura a aclarar el cronista, se trata de invitarnos a todos, y no solo a los habituales viajeros del Metro, sino al ciudadanerío en general, a no escupir al suelo los chicles mascados que representan nada menos que un "foco de contaminación", pues cada chicle, él solito, "puede generar hasta 70 mil bacterias y hongos".

Y el cronista, que nunca ha masticado chicles, ya que eso lo considera una costumbre estúpida (y disculpen si tal opinión ofende a alguien, pero los cronistas tienen el deber de la franqueza, precisamente por respeto al público, si lo hay), suscribe con el pequeño pero entusiasta apoyo de su tecleo la tal "negativa invitación", pues recuerda haber visto por su rumbo domiciliar muchos árboles con los troncos dizque adornados con una infinidad de chicles mascados y luego pegados a la corteza, tal vez como una señal de identidad del imbécil que por allí pasó y que acaso piensa, si es que acostumbra pensar, que con tal salivosa o más bien babosa pegadura acredita gloriosamente su identidad de, según él mismo, perfecto habitante de esta ciudad y, por extensión, del vario mundo. Y son incontables, y quizá también serán muy difíciles de despegar, los chicles que afean y humillan a los árboles en este rumbo y en otros, como si nuestros necesarios y amigables hermanos de condición vegetal no tuvieran ya bastantes enemigos en esta urbe por lo demás ya tan brutalmente desarbolada por iniciativas personales o gubernamentales.