Carta de Esmógico City

De cómo el cronista tuvo que interrumpir su paseo

El cronista —quien, aunque eso moleste a algunos lectores de angélica y agresiva juventud, ejerce el delito o siquiera la demoniaca insolencia de haber llegado a una excesiva edad y seguir fiel a su vocación periodística, a su modo profesional aunque placentero de teclear todo el año, o sea de semana a semana y de día en día y hasta de hora en hora, para ganarse la vida produciendo palabras que varias publicaciones, por ejemplo MILENIO Diario (casualmente su periódico favorito), le hacen el favor y el honor de publicar— sale tempranito de casa para iniciar la celebración de su numerosísimo cumpleaños dándose un garboso paseo, con piernas aún no tembleques, y hasta sin bastón precautorio, a lo largo de su domiciliaria avenida Río Mixcoac... Y el personaje (si lo es) va paseando con alguna alegría de ver que en el camellón de dicha avenida aún hay signos de vida vegetal.

Y de repente... ¡ay!

He aquí que el gozo paseante se le corta al cronista cuando, al llegar al tramo entre las avenidas Barranca del Muerto e Insurgentes Sur, ve que yacen en el impío suelo muchos cadáveres de esos heroicos seres vegetales, los árboles, cortados (por no decir asesinados) en favor de la "depresión vehicular", tan deprimente en verdad, la cual, quién sabe a partir de cuándo (¿desde hace meses, o quizá desde hace ya un año?) el gobierno de Esmógico City está instalando en favor del número creciente de automóviles, los cuales, por cierto, ya perjudicaban al pueblo arbóreo con sus humos y gases.

Y el cronista se vuelve a su casa, ahora sí con piernas tembleques pues el frustrado paseo lo dejó con ánimo deprimido, y abre las ventanas imprudentemente —pues aunque el gobierno defeño asegura que ya terminó la contingencia ambiental, el cronista sospecha que ésta permanece e irá from here to Eternity—, y se sienta en un algo mullido sillón a esperar que en la pantalla televisora pase algún programa con mucho paisaje, con mucha vida verde, con muchos verdes y altos y frondosos y bellos y sobre todo muy vivos seres vegetales: los árboles, pues.