Carta de Esmógico City

"Cowboys" en el Metro

Era cerca de la medianoche cuando, sonrientes y tomándose de las manos, hicieron entrada espectacular en el vagón del Metro dos veinteañeros vestidos al modo de los cowboys amantes de Brokeback mountain (El secreto de la montaña, el film de Ang Lee). Aunque había asientos libres, se mantuvieron en pie junto a una de las puertas, y se miraban a los ojos, se acariciaban las nucas, se cuchicheaban palabras sin duda cariñosas, y se besuqueaban.

Noté la tensión psicológica que habían creado entre los 15 o 20 pasajeros del vagón. Muchos trataban de no mirarlos pero parecía que no pudiesen evitarlo: se les escapaban algunas ojeadas y, afligidos de “vergüenza ajena”, miraban rápidamente a otra parte.

El setentañero con aspecto de oficinista en retiro que iba a mi lado me susurró con voz seca: —Qué le parece, señor, a lo que hemos llegado. —¿Qué cosa? — le pregunté. —Lo que  hay que soportar, mire nomás, ya no hay moral pública, las personas decentes deberíamos protestar. —Disculpe, ¿protestar por qué? —Pues por faltas a la moral (y parpadeó hacia los cowboys). —Ah..., ¿eso?; pues... a mí no me ofende; cada quien su vida. (Me miró como a un marciano): —Pero vea nomás el espectáculo que están dando impunemente. —Pues a nadie hacen daño —dije—, y fíjese que a mí las demostraciones amorosas en público, sean entre hombre y mujer o entre personas del mismo sexo, me parecen impúdicas, de mal gusto, pero no me escandalizan... —No me diga —dijo alzando un hombro como para apartarlo del mío (¿sería yo también uno esos?). —...Y —continué— debo confesar, que el espectáculo más bien me divierte. —¿Le gusta a usted estar viendo eso? —Ni me gusta ni me disgusta, más bien me divierte —¿Le divierte? —Sí, porque la situación me parece de teatro. —Ah, ¿no cree usted que sea de adeveras? —Tal vez lo es, y están en su derecho, pero también es como de comedia. —Pero, una de dos, ¿qué le parece? — Pues creo que son sinceros pero también son malos actores de sí mismos: sobreactúan. —Pues qué teatrito tan pinche —dijo, y no volvió a susurrar nada. (Noté que ahora también lo escandalizaba yo.)

Dos estaciones más adelante los cowboys bajaron tomándose de las manos. Sonreían como si los hubiéramos vitoreado.