Carta de Esmógico City

Bicicletas blancas pero luctuosas

Con gozo recuerda el cronista que muchos años atrás leyó en el Excélsior de “aquel entonces” un artículo de precisa y elegante prosa escrito por cierto legendario cronista deportivo acerca de una epifanía ciclista vista en una ciudad europea. En París o Bruselas o Milán o Madrid vio don Manuel Seyde a dos jóvenes y agraciadas monjitas pasar pedaleando a su lado como flotantes sobre sendas raudas bicicletas, y los blancos hábitos y blancas tocas de las muchachas, aleteantes al viento de la velocidad ciclística, las hacía parecer ángeles que del cielo hubieran descendido a la calle para poner un momento de levedad y hermosura en medio de la pesada, la runflante, la humeante corriente de vehículos automotores. Y es que con sus líneas horizontales y verticales, con sus triángulos y círculos, la bicicleta, definida en una greguería de Ramón Gómez de la Serna como “geometría pura”, es un vehículo casi aéreo, casi solamente compuesto de 75 por ciento de aire y 25 por ciento de materias.

Y también el cronista, que algunas veces y torpemente practicó el ciclismo en sus ya lejanísimos años mozos, siente simpatía y solidaridad por las y los ciclistas.

Nostalgia aparte, y ya con mero pensamiento de ciudadano pragmático y responsable, cree el cronista que el incremento del ciclismo, practicado por los ciudadanos ya sea como deporte o ya como mero modo de transporte, ayudaría mucho a hacer de Esmógico City un espacio más transitable, y por lo tanto más vivible, pues estorba mucho menos la vialidad que los automóviles, los autobuses y los camiones, y es silencioso, no emite humos y gases a la atmósfera y, sobre todo, no suele causar accidentes mortales, aunque sí sufrirlos por culpa del rugiente tropel de vehículos automotores.

Por eso el cronista, aunque ya no pedalea ni siquiera en las bicicletas estáticas para adelgazar, se declara solidario en espíritu de la hermandad de ciclistas que en diversos sitios de la ciudad sitúa bicicletas blancas y curiosamente luctuosas para recordar las muertes de algunos jinetes de los leves vehículos y recordar a las autoridades la necesidad de unas leyes y disposiciones que los defiendan de la feroz jauría automotora.