Carta de Esmógico City

Ardido testimonio de un genuino cilindrero

La cosa es como la oye, señor cronista: la musiquita con la cual, en esta céntrica esquina de avenida Juárez con Balderas, está usted regalándose los oídos y como quien dice el espíritu, además de documentarse la nostalgia (como diría el inmortal Carlos Monsiváis), es el auténtico vals atinadamente titulado, según reza nuestra madre Iglesia, "Dios nunca muere", y es ofrecido por su servidor, un auténtico artista callejero, intérprete del auténtico organillo o cilindro (pues de cualquiera de los dos modos se puede decir sin menguar la autenticidad), y nomás lo escucha usted a cambio de unas monedas, según la amable voluntad de usted.

Uno insiste en esto de la autenticidad porque ya está sucediendo que, en estos tiempos en que se falsifica y piratea todo, ya hasta hay ¡organilleros o cilindreros piratas!, o séase que no producen auténtica música de cilindro sino música chafa, no la de agujeritos en rollos de papel, como los utilizados por su humilde servidor, sino música, sí, de cilindro, pero grabada en cinta o disco, la cual reproducen en un aparato electrónico que esconden dentro de su auténtico pero trucado instrumento, y hasta le dan vueltas a la manivela como si fuese de veras, pero se delatan porque no llevan el ritmo auténtico de la pieza musical, o se olvidan de hacer girar la manivela y la musiquita sigue sonando. Ahí está la índole truquera de esos ca...nijos, quienes, además de competir deslealmente con nosotros, los cilindreros legítimos, están adulterando un elemento entrañable de nuestra identidad nacional, ¿a poco no?

Y conste que uno admite que cada quien se gane como pueda y como Dios permita la fugaz tortilla y los evasivos frijoles, y ni modo si no saben hacer otra cosa que su truquito, los pobres cuates, pero eso de falsificar nuestras más genuinas tradiciones, de adulterar la raigambre intrínseca y tergiversar las más puras esencias del espíritu tradicional, como que es delictuoso, ¿o no?

Y ahora: ¿con qué lo deleitamos? "Olímpica ilusión" o "Club verde" o "Jesusita en Chihuahua" o "Sobre las olas", o... o una brava canción ranchera o un dulce bolero llorón. Lo que usted guste, ¡todo menos horrorrock, eso sí que no!