Carta de Esmógico City

¿Adónde irán los animales circenses?

Siempre habrá lectores que, tras leer un título como el de arriba, harán un dizque agudo chiste político: “los animales irán a curules de diputación o de senaduría, o a la dirección de un partido político, o a una cadena de televisión”, etc. Pero, a costa de decepcionar a los chistosos, lo que el cronista plantea en estas líneas es asunto nada metafórico y bastante grave: el del destino final de los animales de los circos mexicanos.

Desde que los curuleros, arrodillados ante un partido comodín (el Verde), engendraron la ley de prohibición de los animales en espectáculos, los circos se hallan en una grave crisis que los amenaza de extinción. Según don Armando Cedeño Álvarez, presidente de la Unión Mexicana de Empresarios y Artistas Circenses, a poco más de ocho meses de instaurada la “humanísima” ley, ya 70 circos que solían presentarse en el DF han abatido sus carpas, han abolido 2 mil puestos laborales y no saben qué hacer con los 4 mil animales que también trabajaban como artistas cirqueros. Y todo esto ocurre con la cirquería nacional, mientras la cirquería extranjera (p. ej. la compañía Cavalia) actualmente exhibe setenta caballos en sus funciones en Zapopan, ciudad que hasta donde se sabe es parte de la República Mexicana y por eso debería acatar la prohibitiva ley.

Entonces, ¿se trata exclusivamente de exterminar la cirquería nacional? Pregunta a la que tal vez nadie responderá, pero para el cronista, a quien en realidad no le hacen gracia el cautiverio, la domesticación y el sacrificio de los animales, la tal ley es ejemplo perfecto de una civilizada pero hipócrita condición del género humano, en el cual tal vez se inscriben los “verdes”. El caso es que éstos cualquier día impondrán la prohibición de la pesca, de la caza, de la charrería, de las carreras hípicas, de la matanza de reses, etc., actividades en que se somete, se domestica, se usa y a veces se sacrifica a los animales.

Y quizá un día el partido verde impondrá la prohibición de cualquier cocina que no sea la vegetariana, sin tomar en cuenta que los vegetales —a los que encerramos en huertas y jardines y cortamos y herimos para comerlos y adornarnos— son criaturas vivas, pues nacen, crecen, se reproducen y mueren… igual que los animales, incluidos los tal vez racionales como el cronista y sus amables lectores.