Carta de Esmógico City

Acerca de quince seres degollados

Un árbol, ya se sabe, es un ser tranquilo que no acostumbra pelearse con nadie, y si se pone a rajar una acera (o una “banqueta”) es porque le apresaron con cemento los pies, que son las raíces; o si se agita y sacude violenta y silbantemente su follaje no es por voluntad suya, sino porque el viento, a veces colérico (él sabrá por qué), lo ataca para tumbarlo o por lo menos desnudarlo de hojas y hasta de ramas; o si cualquier otro árbol se abate sobre un ciudadano o se atraviesa dizque insolentemente en una calle e impide el paso de peatones y vehículos, suele ser porque lo embistieron una tormenta o un autobús o un camión, o, en fin, cualquier vehículo conducido (¿o disparado?) por cualquier antropopiteca inexplicablemente dotado de una runflante máquina del siglo XXI, o quizá por cualquier automovilista ebrio que practica el “sabadito alegre” durante toda la semana. He aquí que, por si algo faltara para considerar al ciudadanaje de Esmógico City como particularmente odiador de los árboles, ocurre que el viernes pasado un funcionario de los Servicios Urbanos de Coyoacán sorprendió a una cuadrilla de seis trabajadores de quién sabe qué empresa u oficina, privada o gubernamental, que, ¿autorizados por quién?, habían cortado, vale decir asesinado, quince árboles del camellón entre las calles de  Dalias y de Malvas (delegación Benito Juárez), y pretendían seguir en su criminal tarea.

La noticia parece de carácter meramente simbólico aunque de un simbolismo canallesco, pues ¿por qué asesinar árboles precisamente en un lugar donde las calles tienen esquineras placas con nombres de flores, esos otros y más delicados seres vegetales?

Con una melancolía que empieza a parecerse a la ira, el cronista no puede menos de sospechar que los seis dizque “podadores”, que de hecho son arboricidas, solamente estaban haciendo un servicio a cualesquiera ciudadanos de los que detestan a los árboles porque éstos hieren con sus hojas caídas el frágil techo de los automóviles estacionados, o porque estorban la entrada a cualquier puerta cochera (y es que la ciudad ya va siendo cada vez más la sede de los automóviles y no de los ciudadanos y de los árboles).

Y el cronista empieza a desear que los heroicos y sufridos árboles desarrollen unas ramas afiladas, las hagan descender al nivel de las llantas de los automóviles y las ponchen vindicativamente.