Touché!

La revolución en corto

La verdad es que el PRD tuvo las elecciones más limpias y vigiladas de los últimos años y que Navarrete representa a la corriente mayoritaria dentro de ese partido. Una corriente que ha mostrado responsabilidad política. Cárdenas y Navarrete deberían entenderse, pues el futuro de la izquierda podría depender de ello.

Me dan ganas de una revolución. Me encantaría tener el desparpajo de Francisco I. Madero cuando convocó a una revolución con día y hora específicos en el Plan de San Luis. Pero luego leo la historia de los caudillos de nuestra historia, y se me pasa.

Si hiciéramos una revolución, ya no podríamos hacerla como antes. Apenas tomadas las armas, un cártel del narcotráfico se aprovecharía de la ocasión y acabaríamos poniéndole al país un nombre de conjunto grupero. O un partido político nuevo tomaría esa bandera para institucionalizar la revuelta, y volvería la burra al trigo. Pero dan ganas de una revuelta, de esas históricas, de esas que ponen de cabeza al mundo, de esas sin disparos pero con mucho parque debajo de las faldas y los pantalones.

Muchas manifestaciones de hartazgo estos días. De entre las escenas más conmovedoras (de esas que los noticieros, por alguna extraña razón, nunca sacan en horario estelar), son los musicales: coros cantando en el Ángel, mariachis tocando en la calle, gente de a pie con sus guitarras y sus gargantas exigiendo justicia entre notas y acordes. Una revolución con música, eso necesitamos.

He platicado con gente de todo tipo. En tiempos de inquietud, los extraños y los propios se toman tiempo para platicar. Y mucha gente se pregunta ¿qué hacer después de la indignación? Y de tanto hablar con estudiantes, maestros, compadres y vecinos, he llegado a la conclusión de que ninguna revolución sería suficiente si no cambiara nuestro paradigma moral. Me explico.

La oscura alma que da vida a este momento de quebrantamiento en México, es la corrupción. Esa es la madre de todas nuestras mortificaciones. Un espíritu corrupto, transa y muy añejo sobrevuela nuestro país. Hemos hecho de la corrupción un modus operandi, un modus vivendi y lo peor, un modus ontus. El primero es nuestra ya natural forma de conducirnos en la corrupción, el segundo, nuestra pérdida de vista ante ella porque la vivimos como algo común. Pero el tercero, es el más nefasto. Hemos incorporado la corrupción a nuestro ser. Mentimos con naturalidad, avanzamos a empujones con violenta firmeza, nos miramos con cara de desconfianza entre nosotros, porque somos ya la desconfianza. Es tiempo de un revuelco moral.

No se entienda mal. No soy un animador de las buenas conciencias que resuelven todo con buena educación. Ni pretendo cambiar la palabra revolución por los modales de “por favor” y “gracias” para que todo se resuelva con una sonrisa. La propuesta es la siguiente: cada vez que exijas justicia, exígete ser justo; cada vez que pugnes por un lugar para los vulnerables, cede tu lugar a quien así lo merezca y tengas a la vista, cada vez que pidas la renuncia de algún funcionario, repasa con seriedad la calidad de tu trabajo.

Soy partidario de las revoluciones estructurales, esas que dan como resultado nuevas leyes, nuevas formas de distribuir la riqueza, renovadas instituciones. Las revoluciones estructurales tienen que ver con un vuelco de los sistemas y las instituciones con los que la sociedad se relaciona. El riesgo sin embargo, es que si esa nueva estructura no tiene alma, acaba siendo presa de un grupo de poder capaz de encaramarse a la cima y simplemente cambiarle de nombre a las cosas.

Es indispensable al mismo tiempo, una revolución en corto. Esa es quizás más íntima y profunda. Tiene que ver con los ojos. Nuestra capacidad de mirar debe transformarse, abrirse, romperse si es necesario. Son las preguntas honestas de quien se escucha gritando hacia afuera y hacia adentro.

Sí, salir a las calles, tanto como a las avenidas internas. Exigir con toda firmeza que renuncie quien debe renunciar, y pedirse a sí mismo cuentas de tus propios contratos. La revolución en corto exige voltear a ver a tus hijos e indignarte frente a la orfandad forzada de los de afuera, luego levantarte para dar ejemplo doméstico y social.

La revolución en corto, en fin, es un cambio de mentalidad, sabiendo siempre que la mente es, en primera instancia, particular, tiene nombre, apellido y conciencia. Qué viva México, un México nuevo que nazca en casa y en el barrio, en la chamba. Hagamos la revolución en corto y en largo, y con música, mucha música.

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