Touché!

La Noche canta sus canciones

“Yo no quiero que pase algo, pero

 igual pasa.

Qué es lo que hace que pasen cosas.

 Soy yo o es otra cosa…”

Jon Fosse

Dentro de las gracias y aficiones que tiene un servidor, se cuenta la de hacer teatro. Cuando se presenta la oportunidad y los astros se alinean en formas más bien generosas, tomo las oportunidades que se me presentan para subir a las tablas, dirigir algún trabajo o escribir en fin, algo de lo que con cierta torpeza, puedo hacer dramatúrgicamente.

El pasado fin de semana, se presentó en el Teatro Bicentenario la obra La Noche Canta sus Canciones, de Jon Fosse, dirección de Juan Manuel García Belmonte. Y ahí, tras bambalinas, oyendo los murmullos de ese ángel terrible que es el público, me pregunté una vez más: ¿de qué lado del espejo está la realidad?

La Noche Canta sus Canciones tiene una anécdota cotidiana, pero el epicentro de la historia está en el gran tema del drama y de la vida: el poder. La historia que se cuenta, mirándola como no queriendo ver, nos narra la difícil noche de una pareja joven, con un bebé recién nacido, y un amante que asoma su rostro en medio de la oscuridad.

Más allá, en el lugar en donde aguardan los demonios, la historia nos revela algo mucho más macabro: ahí, junto al lugar cálido en donde el sueño de un niño va tejiendo minutos, se levanta lentamente el poder de la Noche. Hay noches maravillosas y brillantes. Históricamente generosas. Pero la Noche a la que me refiero, es esa que van creando los amantes cuando estos, nos son dignos del amor.

La joven madre está desesperada. No aguanta más vivir con un marido cada vez más desvalido de sí mismo. Es un hombre que aunque joven, destila pesados siglos que recaen en un sillón del que casi no puede levantarse. Con un libro en mano y la promesa de ser algún día un buen escritor, el joven marido va paralizándose hasta llegar a la inutilidad más fundamental. Ir al almacén ya le es aterrador.

Ella en cambio, urge de aire, de amigos, de un poco de compasión de la intemperie. Amarrada a la inmovilidad de su pareja, la joven madre busca un asidero vital, y lo encuentra en Baste, un compañero del trabajo venido a amante clandestino.

Y el poder, en medio de la historia, no es ni de uno ni de la otra. Ahí está el engaño. Una vez más, en la superficie de la historia, la de ellos o la de cualquiera, corremos el riesgo de creer que el poder es el dominio que uno tiene sobre otro. Espejismo infantil. El poder en sí, cuando gana la partida, no es la voluntad de nadie, es la voluntad salvaje, la que nadie controla, la desbocada por falta de silencio, la convocada por todos cuando el amor no pudo tomar las riendas.

Ese joven matrimonio es el reflejo fiel de una sociedad pusilánime incapaz de danzar con la vida. Creyeron, en un ataque bien arraigado de occidentalidad, que su felicidad estaría en controlar las variables, en hacer cosas. Y al hacerlas bien, tendrían un lugar en el mundo. Él está atrapado en una idea tan inmutable como el sillón en el que se acoraza: se ha imaginado como escritor, y ha creído que al ser reconocido con hombre de letras, estas avalarían su estar en la existencia; pero no escribe bien, quizás nunca ha escrito en realidad. Está engañado como tantos. Ha delegado su ser al reconocimiento que otros puedan tener de su hacer.

Ella por su parte, refugiada en su copa, en su amante y en su hijo, ha creído que hacer es delegar. Así, delegó su maternidad a su hijo, su corazón a su amante y su esperanza a un hombre inválido del alma. El resultado de todo ello, es la contracción de su pequeño espacio hasta la asfixia. El poder lo ha ocupado todo; las fuerzas que ellos mismos crearon en su negligencia y en su espejismo han tomado el control y queda ya poco por hacer.

Agazapado ahí, tras las negras cortinas del telón, pienso en todo esto mientras la obra corre. De pronto me toca entrar y decir el parlamento de mi personaje secundario, pero sé que por más que lo haga bien, soy incapaz de salvarlos. Por más que lo piense y lo escriba, la historia caerá sobre ellos, y sobre todos aquellos que, soberbios, creímos que el poder estaba en poder, y no es dejar ser.

Y la historia se repetirá, por fortuna, este 5 y 6 de septiembre en el Teatro Cervantes de Guanajuato. Todos invitados.

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