Touché!

El MIL, carísima comedia de equivocaciones

El pasado día 10 de marzo, envíe una carta dirigida a los consejos y consejeras del ICL solicitando la separación de su cargo a su presidente, el Ing. Alfonso Barajas Mediana. Y es que actualmente, se realiza una auditoría para delimitar responsabilidades respecto al proyecto hasta ahora fallido del Museo de Identidades Leonesas (MIL).

De entonces a la fecha, se han sucedido curiosidades, respuestas, intervenciones, convocatorias y otros fenómenos que pasan cuando se pisan callos. ¿A quién le duelen los callos intervenidos? ¿Los intereses de quién se ven trastocados? Este es el informe de lo que al día de hoy, he encontrado en mi incursión como reporterito improvisado:

La carta fue contestada de manera individual por algunos consejeros y consejeras que amablemente tomaron a bien hacerlo; otros, ni sus luces. En esos diálogos, me di cuenta de que no todos estaban cabalmente enterados de tema, lo cual me hace confirmar varias cosas. La primera de ellas, es que la tarea de consejero, pese a que es honorífica y no confiere ninguna retribución, no es un asunto sencillo. Sin embargo, es responsabilidad de ellos exigir la información completa y oportuna de los asuntos prioritarios del Instituto.

Es indispensable retomar el asunto de la elección de los miembros de los Consejos, como ya en otros momentos ha señalado por Propuesta Cívica: los consejeros, de cualquier paramunicial, requieren de una capacitación más puntual. Además, parece indispensable su renovación escalonada de una administración a otra para aquilatar el conocimiento que se va acumulando y lograr así, transiciones más afortunadas entre un trienio y otro.

 El proyecto del MIL viene añejándose desde tiempo atrás. Son varios los arquitectos que encontré involucrados en proyectos museísticos sobre el patrimonio intangible de la ciudad. La leyenda urbana de que a Shefield se le ocurrió el MIL en un momento de éxtasis europeo, es parcial. Sin embargo, su ocurrencia de emular al museo de Burdeos que encontró en uno de sus viajes, acabó por hacer un ruido innecesario en un proyecto que ya estaba iniciado.

El MIL es un proyecto interesante desde el punto de vista museístico y hasta etnológico. Sin embargo, no necesariamente es la respuesta a una política cultural pensada de forma integral. Hay más ocurrencia que planeación en este caso.

El inicio, fue el fin. Con muy pocos elementos de dirección clara, el MIL inicio su gestión encargando su primer proyecto ejecutivo museográfico, al Arq. Fernando Siller. ¿Quién lo contrató? El presidente del Consejo, único por cierto que tiene esa facultad. A dicho arquitecto se le pagaron cerca de un millón de pesos por el proyecto ejecutivo que presentó. Sin embargo, con los pocos elementos disponibles de planeación y de guión museístico, Siller se puso a trabajar. En este sentido, hay varias responsabilidades por delimitar. A mi parecer, la del Ing. Barajas, entonces presidente de Consejo, por ordenar los inicios de un proyecto tan honeroso pero sin los elementos suficientes para ello. Ante tal improvisación, Siller encarga un guión técnico, el cual fue pagado, según informantes, con el propio dinero que al arquitecto le asignaron. En cualquier caso, es indispensable que la Contraloría Municipal esclarezca pormenorizadamente cuál fue la suerte de esos recursos y los frutos que de ello se obtuvieron o no.

El resto de la historia, es una comedia de equivocaciones: se contrata a una directora que no concuerda con los proyectos que se le presentan; interviene una comisión de consejeros y otros personajes que pretender dar luz en el camino, pero se atropellan entre burocracias y falta de liderazgo; los contatistas del proyecto (que también habrá que conocer sus nombres) acababan haciendo techos y reparando baños, en lugar de dirigirse a un proyecto claro de museo; el INAH detiene las obras por falta de un proyecto de restauración; el proyecto de restauración no es aceptado por el presidente del Consejo.... Bla, bla, bla...

El miércoles 19 de marzo. La Contraloría Municipal entrega un primer avance de la auditoría de este muladar. Lo hará (pese a que el Reglamento indica lo contrario), a puerta cerrada, sin presencia de medios de comunicación ni ciudadanos interesados. El balón está del lado de los consejeros de ICL. A partir de lo que decidan esta semana, se conocerá las verdaderas posibilidades de certeza, transparencia y gestión del Consejo, del director del ICL, y su presidente de Consejo.