Touché!

Llegó el tiempo

Apenas abrir el periódico, ingresar a internet o encender la televisión, sólo un desalmado no se percataría de que México vive un momento de ebullición decisiva. Toda inflexión histórica se caracteriza por llegar al punto álgido en el que quedan sólo dos opciones por tomar: actuar, o regresarse. Ahí estamos. Ese en nuestro tiempo.

Ningún suceso histórico está aislado ni es gratuito. Podríamos pecar de miopía y consecuentar a los necios que afirman que Ayotzinapa es un hecho aislado, pero esta tesis ya es imposible sostenerla. La crisis de ingobernabilidad es general y se ha filtrado a todos los órdenes y niveles de gobierno. Ayotzinapa, como suceso “faro”, como llaman los especialistas, ha enseñado ese rostro ya inocultable de la corrupción, la impunidad, la desigualdad y la precaria contemplación de los Derechos Humanos en México. Y aún en lo local, cerca de tres mil personas se juntaron este sábado para exigir la renuncia de Bárbara Botello (todo para que la señora contestara que era normal, que esas cosas pasan todo el tiempo.) Pero también está Tlatlaya, las organizaciones de Auto Defensas en Tierra Caliente, los levantamientos de municipios y pueblos que ya no pueden esperar a que les conteste el 066, ni el Ejército Mexicano ni las autoridades que juraron protegerlos. En todo México está retumbando una revelación: está llegando el tiempo.

Es en estos momentos, cuando con más claridad debe de pensarse. No para inhibir la indignación que mueve a los dolidos, sino para nombrar a las cosas por su nombre. Algunos dicen que ha llegado el “tiempo de despertar”, otros prefieren llamarle “tiempo de exigir”, yo prefiero llamarla el “tiempo de la participación ciudadana”.

Nuestro pueblo es solidario, pero ha carecido de perseverancia en ello. Somos hospitalarios y caritativos con el que sufre, pero no sabemos hacerlo de forma organizada, sistematizada, persistente. Le hemos delegado, por complicidad, por miedo o por democracia mal entendida, nuestra organización y nuestra fuerza a quienes no han demostrado ser los verdaderos representantes de nuestros intereses: los criminales y la clase política. Ellos sí que se han organizado, ellos sí que han tomado medidas para permanecer en donde están, ellos sí que ganan dinero por su “trabajo”, ellos sí que no piensan abrir sus filas.

La participación ciudadana es imperante. Pero distingo un freno principal que nos ha impedido su realización. Nos han estorbado los nombres de las ideologías. Por mucho tiempo, hemos creído que sólo podemos juntarnos con los que se apellidan igual que nosotros: de izquierda, de derecha, de centro, de los amarillos, los verdes o los azules. Ha caducado ya, por exigencia de los tiempos, que sea la ideología el sesgo a priorizar. Lo que se impone en cambio, es la convivencia organizada. En un intento por reconquistar diálogos, lo que toca es la defensa de un espacio digno para todos, priorizando a quienes por sistema, han quedado siempre excluidos. Cuando esta inclusión es la prioridad, las ideologías ceden, la convivencia se convierte en valor y la organización una exigencia. Esto no es una ingenua oda a la igualdad de opiniones, sino una invitación a su armonización, un “tiempo de justicia” incluyente.

El tiempo no está para invertirlo en aquello que nos ha llevado a esta crisis. No es tiempo de ajusticiamientos, sino de justicia; no es tiempo de lastimar a quien lastima, sino de llamarlo a cuentas; no es tiempo de dispersarse en la indignación, sino de juntarse con firmeza en la dignidad.

Todo México está pidiendo un cambio radical. Y la raíz es algo más profundo que el cambio mismo. León no es la excepción. Toca reunirse y dialogar. Que los verdaderos líderes toquen el cuerno para llamar al pueblo. Es tiempo de reunión.

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