Touché!

Fiera en rosa

La afición, cualquiera que sea su sino, es uno de los misterios humanos más insondables. La afición es la frontera cuasi demente entre el corazón y la razón. Por eso los aficionados se encierran en sus propios manicomios llamados templos, teatros o estadios de futbol. Ahí está permitido enloquecer, difamar al enemigo o llorar de emoción sin que el mundo se venga abajo. Pero sólo hay una ocasión en donde es permitido abrir las puertas del recinto aquel para dar rienda suelta al frenesí por las calles de la ciudad: cuando eres campeón.

Mi historia con el equipo León data del año 92. No es una historia de origen natural, sino de adopción fortuita. Buscando horizontes frescos, había elegido a esta ciudad para habitar en ella. Ese mismo año, La Fiera conquistó el título del futbol mexicano de la mano de Víctor Manuel Vucetich, y de los pies de Tita. Azorado por la afición, salí a la calle para presenciar el espectáculo. La ciudad estaba enloquecida y los locos gobernaban las calles, eran campeones. Había derrotado al Puebla. León era “campión”, como rezaba el letrero en un coche pintado. Poco tiempo después me permití escribir una obra de teatro con ese nombre.

Caminando por las calles y disfrutando la manera en que otros disfrutaban, deambulaba por el Blvd. López Mateos para ver a los leoneses gozar su momento. No me duró mucho tiempo el gusto por culpa de la melena que traía en aquel tiempo. Había un jugador del Puebla llamado Zico y fui confundido con él por una horda de fanáticos que se acercaban peligrosamente a mí, así que tuve que echar manos de mis habilidades velocistas para salir al paso.

La de este fin de semana, fue otra historia, y la misma. Esta vez no me gritaban “Zico” cuando salí a festejar, sino “William”, pese a que le llevo más de 20 años al paladín de la portería. Esta vez no salí corriendo, fui un héroe de goma. Vi el partido por televisión en un restaurante argentino, haciendo honor a Matosas y su origen, me acompañé con Sandrita y sus dos simpáticas hijas, bien leonesas todas, y me enfundé en una playera rosa de La Fiera.

Después de 21 años, el triunfo llegaba de nuevo, pero la historia era otra. Y así medimos el tiempo, vamos sumando las inflexiones de nuestra vida y creamos nuestro propio calendario: el día en que me enamoré, el día que me echaron del trabajo, el día en que  alguien me echó la mano, el día en que hice lo impensable, el día en que todos se volvieron locos.

La historia de la playera rosa tiene que ver con que mi perra Midí. Ese mismo día del partido la operaban de algo muy riesgoso. Decidí ir frente al estadio y comprarme por 120 pesos, una playera rosa del León; así vería el partido final y se lo dedicaría a mi enfermita. Mientras La Fiera metía goles, mi propia fiera se haría fuerte en el quirófano. Funcionó.

El futbol, o las aficiones cualesquiera que sean, son aquellas inyecciones vitales que se van entremezclando con la vida y un día, el menos esperado, están aferradas en la memoria de ti mismo. Por eso se hacen irracionales, porque alguien te ha salvado un pedazo de día y no tienes cara para negarlo. Así es como se incrusta en el tuétano y no hay lugar para la razón o las explicaciones científicas. La afición se parece mucho a la fe, justamente porque es difícil creer en un mundo como este sin una razón que no provenga de la sinrazón.

Mi conflicto final es que, debo confesarlo, llegué a León teniendo a otro equipo. Es un equipo azul que insiste en nunca acabar. No es necesario decir su nombre por lo pronto. De manera que el partido del domingo me supo a cierta traición. Progresivamente y sin pensarlo, La Fiera se había hecho de mi historia. Al mismo tiempo, el niño que fui y que ha puesto mucho de sus ánimos en otro equipo, luchaba por no perder su identidad. ¿A quién le debe sus afanes alguien que tiene a dos equipos en su historia?

La máxima de algunos reza que es más difícil tener dos equipos de futbol, que dos mujeres. Son monógamos del deporte o monoteístas del fanatismo. Para muchos, tener dos equipos de futbol es una operación espiritual tan difícil de lograr, que el resultado acaba siendo la traición.

En medio de los oráculos y las advertencias, me lanzaré de lleno a la aventura de irle a dos equipos de futbol, puede ser que eso me lleve a la locura, pero si la afición es una locura ya, qué importa una más. No será la primera vez que me entretengo quebrantando convencionalidades.

Me restan sólo dos palabras. La primera es de gratitud con quienes, desde la afición, me han mostrado una forma de entregar el corazón. La otra es de reproche: por favor, si en algo aprecias a tu equipo, su historia y su dignidad, sé coherente y no destruyas, cuando gane un campeonato, la ciudad que lo vio nacer. Cuando seas campeón, vuélvete loco en el estadio; en la ciudad, sé un bendito enloquecido.

http://twitter.com/TAlvear