Heterodoxia

Houston…

Media hora.

Duró solo media hora fatídica para México.

Fue el tiempo que necesitaron 900 independentistas texanos, al mando de Sam Houston, para derrotar y masacrar a 2 mil atolondrados soldados mexicanos que habían caminado desde el centro del país hasta las planicies de la entonces provincia mexicana de Tejas, para someter a los colonos rebeldes y que, después de algunas escaramuzas, cansados por las enormes distancias, fueron sorprendidos durante una inoportuna siesta.

Así hoy, a las 4:30 de la tarde, se cumplen 180 años de la derrota del Ejército mexicano en San Jacinto, Texas, ocurrida un 21 de abril de 1836.

Al frente de aquellos reclutas estaba el frívolo y cobarde general, presidente de la República mexicana, Antonio López de Santa Anna, quién al verse rodeado de los enardecidos insurrectos, imploró por su vida y dijo estar dispuesto a firmar el Acta de Independencia Texana si no lo mataban. Como así ocurrió, esa tarde México perdió aquel enorme territorio.

Diez años después se irían para siempre —después de otras vergonzosas derrotas al mismo Santa Anna— Nuevo México, Arizona, California, Nevada y Colorado.

El día de hoy por la tarde, a pesar de la lluvia, algunas autoridades y ciudadanos de Houston, Texas, celebrarán el triunfo de sus fundadores en una sobria ceremonia, bajo el imponente obelisco que construyeron en el lugar exacto donde Santa Anna traicionó a México y regaron inútilmente su sangre 700 mexicanos que ahí murieron.

La ceremonia será observada, hoy mismo en la noche, en los informativos de las televisoras texanas, por miles de indocumentados mexicanos que, junto con otros millones de paisanos perseguidos en el resto de aquella nación, encuentran difícil explicarse: ¿por qué son extranjeros en lo que fue la tierra de sus mayores? ¿Por qué los mexicanos del siglo 19 fueron tan estúpidos como para dejar perder, casi sin luchar, ese riquísimo territorio? Y, por último, se preguntarán esperanzados: ¿si los mexicanos del siglo 21 tendremos la determinación para ayudarlos a impedir que los candidatos republicanos cumplan sus amenazas y sean expulsados de lo que alguna vez fue hogar de sus antepasados?

Para nosotros, los mexicanos que vivimos en lo que quedó de México la pregunta es: ¿seremos mejores que Santa Anna? ¿O nos dominará el miedo y la indolencia igual que le ocurrió a aquél nefasto personaje?


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