Heterodoxia

Sorpresa…

Centralismo versus federalismo. Estatismo versus liberalismo.

En realidad, éstos han sido los dilemas que han estado ocultos detrás de muchas de las discusiones recientes en los foros políticos y legislativos.

Y esto ha sido una sorpresa, de la cual poco a poco nos hemos percatado, porque se suponía que las reformas realizadas en los años ochenta y noventa en el país ya habían resuelto tales dilemas y ahora solo se trataba de construir “la segunda generación, el segundo piso, de aquellas reformas estructurales”.

Pero parece que no, que siempre no. Que el PRI, autor de aquellas reformas liberales y descentralizadoras, ahora nuevamente en el poder, ha dado un giro completo en su ideología hacia el estatismo centralista de antaño.

Algunos datos indican que se trata de desandar el antiguo camino “neoliberal” construido durante treinta años y empezar a construir otro en sentido contrario.

La explicación inicial para cambiar el sentido de las reformas se dio a raíz de los abusos del feuderalismo que ejercieron algunos gobernadores durante los gobiernos de Fox y Calderón y que trajo como consecuencia deudas impagables y corrupción generalizada.

Al conocerse el monto del desorden, toda la opinión pública cobró conciencia de la necesidad de poner un alto, desde el centro, a la impunidad y aplaudió las iniciativas para establecer límites al endeudamiento desmesurado. También, el país entusiasmado aprobó el establecimiento de una necesaria coordinación por parte de la Federación con los tres niveles de gobierno para mejorar el combate a la delincuencia organizada. Hasta ahí se mantuvo el consenso.

Los problemas empezaron a aparecer con las leyes secundarias de educación. Algunos observadores señalamos nuestra extrañeza cuando se cambió el sentido estratégico de la descentralización educativa y su sustitución —sin una explicación suficiente— por un reinventado centralismo administrativo.

Por cierto, este sorpresivo cambio en el sentido descentralizador que se venía construyendo desde la década de los setenta fue el pretexto que aprovechó la CNTE para agitar e infundir temor en los docentes con los fantasmas de la privatización y el despido injustificado, y así aumentar su influencia en otras secciones sindicales del país.

A este cambio estratégico en la administración de la educación, siguió el golpe de timón en las finanzas públicas. También en este caso, el resultado de las reformas legislativas aprobadas no siguió el esquema trazado desde los ochenta, que intentó fortalecer el crecimiento de la economía a través de la inversión privada y el equilibrio macroeconómico. No, ahora el camino diseñado en la nueva legislación será el de aumentar la inversión pública mediante el endeudamiento y la mayor recaudación impositiva para darle un papel central al Estado como generador de empleos.

Pero eso no es todo, las dos cerezas del pastel centralizador serán ahora la desaparición de las autoridades electorales locales y la reelección de los representantes de la partidocracia en el Congreso.

La discusión de este drástico cambio en la conducción de la política, las finanzas, la educación, la administración pública y la seguridad, donde la Federación y las cúpulas partidistas tendrán una mayor responsabilidad, en detrimento de la fortaleza e independencia de las otras partes del contrato social, apenas comienza:

¿Fueron los abusos de algunos gobernadores los que llevaron al Poder Ejecutivo federal a asumir más responsabilidades? ¿O, más bien, se trata de restaurar el centralismo omnipotente de otras épocas? ¿Existen nuevas evidencias que demuestren que la administración del desarrollo la realizan mejor las entidades centrales que las locales? ¿Hay nuevos sustentos —empíricos o científicos— de que las teorías neokeynesianas resultan más convenientes para el país que las que se apoyan en la disciplina fiscal y el déficit cero? ¿Es el Estado mejor promotor del desarrollo y el empleo que los millones de emprendedores que surgieron en las últimas décadas?

¿Dónde vamos a depositar la esperanza para que las cosas mejoren? ¿En un renovado ogro filantrópico o en una democracia liberal caótica?

¿Dónde está el mal menor?

¿Existen alternativas?

Porque esto apenas empieza.