Heterodoxia

Primer paso…

La pacificación apenas empieza, es solo el primer paso, el más difícil. El indispensable. Ahora viene Tamaulipas, y quizá después el Estado de México, Morelos, Guerrero, Veracruz…

De lo que no hay duda es que el presidente Peña se la está jugando en Michoacán y Tamaulipas. Está claro que decidió entrarle al problema de la violencia con determinación y empleando a fondo su equipo político.

Evitó las soluciones facilonas como la ya conocida y habitualmente usada para evadir responsabilidades: “Mientras no se resuelva la raíz del problema, cambiando el modelo económico, la violencia no se detendrá” (como si Venezuela, donde lleva 12 años el socialismo del siglo XXI, no fuera uno de los países más violentos del mundo). O la bravuconada de mandar miles de soldados a pasearse por las carreteras para tratar de asustar a los malos, sin desarrollar previamente un sistema de inteligencia. Encarcelando, sin sustento jurídico a supuestos delincuentes que después tienen que ser liberados por falta de pruebas.

Queda claro que el problema delincuencial de Michoacán, como el de las fronteras y buena parte de nuestras costas, no se resolverá pronto, porque vivir al margen de la ley forma parte de la manera de ganarse la vida de gran parte de la población de esas regiones.

A lo que sí puede aspirar la sociedad es a reducir las agresiones que más teme: el secuestro, la extorsión, los asaltos con violencia. Y a que se construya la confianza necesaria entre los ciudadanos y las autoridades policiacas y judiciales.

Y eso es lo que está tratándose de hacer en Michoacán y Tamaulipas. El procedimiento utilizado fue el que siempre ha puesto en práctica la Federación desde la consolidación del estado nacional, cuando los problemas se salen de proporción: enviar un procónsul o varios (delegados, representantes, comisionados) con plenos poderes y el apoyo de las Fuerzas Armadas nacionales. Aplicando la misma técnica que en la cirugía: resolver un mal mayor con un daño menor.

Aceptando esa lógica, la de ir avanzando y consolidando poco a poco, se puede afirmar que las cosas en Michoacán están mejor ahora que hace meses cuando llegó ahí el comisionado Castillo. La economía, la movilidad, las garantías individuales, el régimen jurídico y la vida cotidiana de las personas funcionan mejor que hace semanas.

Eso es todo. Y es mucho. Pretender que la Tierra Caliente michoacana viva como lo hacen las zonas donde habita la clase media ilustrada del Distrito Federal es desconocer lo que ocurre en buena parte del país. Desde siempre, grandes zonas rurales de Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Jalisco, Nayarit, Sinaloa, Chihuahua, Durango, Coahuila, Zacatecas, Tamaulipas, Veracruz, Hidalgo y Puebla han vivido al margen del régimen jurídico y el orden que priva en las zonas urbanas del país.

En ese México bronco, desconocido para algunos, todavía vive y florece la desigualdad, la miseria, el caciquismo, el fanatismo, el alcoholismo, el machismo, el pistolerismo, la ignorancia, el agandalle, la violencia y el acoso contra mujeres, menores y homosexuales. Y aunque en la epidermis parecen vivir en el siglo XXI, porque abundan modernos todoterrenos y pantallas planas de última generación, las mentes de muchos y la cultura reinante están más cerca del siglo XIX.

Pero es un hecho que la primera parte del trabajo michoacano está terminada: se han tomado las decisiones y las acciones básicas para establecer una línea diferencial entre delincuentes y autoridades. Se ha puesto a disposición del Poder Judicial a delincuentes y a sus cómplices políticos. El monopolio legítimo de la fuerza está comenzando a imperar.

Hace meses esto no existía: la autoridad estatal y municipal servía a los intereses templarios y los ciudadanos eran sus súbditos inermes.

Obviamente la pacificación apenas empieza, es solo el primer paso, el más difícil. El indispensable. Ahora viene Tamaulipas, y quizá después el Estado de México, Morelos, Guerrero, Veracruz…

La tarea es enorme, durará años y solo dará frutos duraderos cuando toda la sociedad se aplique en ella (un foco rojo ha aparecido en toda esta tragedia michoacana: la increíble transformación de los líderes José Mireles e Hipólito Mora en presuntos asesinos, cuando todos recuerdan que fueron la personalidad y el discurso de ambos los que dieron el rostro legítimo a las autodefensas. No resultan verosímiles los cargos.)

alvalima@yahoo.com