Heterodoxia

Política y futbol…

El espectáculo más popular del mundo, la alternativa inocua para la lucha de clases y la guerra entre las naciones, se encuentra en una creciente crisis de confianza por los excesos de quienes dirigen el deporte.

Los afortunados que viajen al Mundial de Brasil deben prepararse para vivir días de intensa emoción.

Viajeros experimentados afirman que el gigante sudamericano tiene una intensidad y sensualidad únicas: “Si te descuidas, te pueden robar, pero nunca te aburrirás. La diversión está garantizada“.

En Río de Janeiro, donde se celebrará el juego que decidirá el Mundial, y que fue escenario de violentas manifestaciones antifutbol el verano pasado, el alcalde Eduardo Paes afirmó hace días: “Brasil es una democracia consolidada, por lo que sus habitantes tienen derecho a manifestarse, pero la violencia es inaceptable y la policía está preparada para reprimirla”. También ofreció una información interesante: “El acceso al Maracaná durante los días de partido solo será posible en transporte público y estará prohibido para autobuses privados fletados por agencias de viajes. Hay quienes están vendiendo paquetes que incluyen llevar a los turistas desde la puerta de su hotel a la puerta del Maracaná. Eso no sucederá”. Así que hay que prepararse.

Lo cierto es que hay un número creciente de brasileños que se sienten incómodos en el llamado “país del futbol”. Los escándalos de corrupción han estado cada vez más presentes y culminaron en 2012 con la renuncia de Ricardo Teixeira, por 23 años presidente de la poderosa CBF (Confederación Brasileña de Futbol). Artífice de varios campeonatos y derrotas mundiales brasileños, se vio envuelto en múltiples controversias malolientes, también fue acusado de recibir sobornos, de evasión fiscal y de crear el caos en los campeonatos locales.

Teixeira fue el principal coordinador de la candidatura de Brasil para ser sede del Mundial este año; sin embargo, por su pésima fama, la presidenta Rousseff nunca le concedió audiencia. Toda esta decadencia en el prestigio y la popularidad del futbol ha coincidido con la crisis económica que ha afectado los ingresos de Brasil, reduciendo el monto de las exportaciones y golpeando, con la inflación, la economía familiar.

Parece evidente que la correlación entre política y futbol, siempre presente en el mundo, ha tomado ahora una dimensión impredecible en Brasil. Nadie sabe con certeza qué ocurrirá durante el torneo: ¿desaparecerán las manifestaciones de inconformidad por los enormes gastos en infraestructura? ¿O quizá las marchas tomarán una densidad incontrolable? ¿Cómo afectará a las próximas elecciones el desempeño de la selección del país? ¿Si gana Brasil, la reelección de Dilma está garantizada? Todas éstas son preguntas sin respuesta. Lo dicho: para quienes asistan al Mundial, la diversión está asegurada. Nadie sabe qué pasará.

Así que el espectáculo más popular del mundo, el nuevo opio de las masas, la alternativa inocua para la lucha de clases y para la guerra entre las naciones, se encuentra hoy en una creciente crisis de confianza por los excesos de quienes dirigen el deporte.

Pero también por la codicia de los dueños de clubes, por los elevados costos que significa organizar los torneos, por los altos precios que impiden el acceso de los pobres a los estadios, por la insensibilidad social y política de la FIFA, por la soberbia excedida de los grandes jugadores, por los desmesurados gritos y gesticulaciones de los narradores, por la invención, cada vez más artificial de rivalidades, por la violencia creciente en los estadios y sus alrededores.

Y, por último, por la aparición del nuevo racismo que implica el aullido simiesco de decenas de miles de aficionados europeos cuando la habilidad de un jugador afrodescendiente golea la portería de su equipo favorito.

Por eso, la presidenta Rousseff anunció que se agregará a la ceremonia de inauguración del Mundial un mensaje del papa Francisco contra el racismo y a favor de la fraternidad en el mundo.

Por eso Neymar, el nuevo Pelé, que también ha recibido insultos racistas en España y ha sido víctima de agresiones con frutas en los estadios, decidió colocar en las redes sociales una foto con su hijo, ambos comiendo bananos y promoviendo una acción antirracista: #todossomosmacacos.

En fin, al contrario de lo que ocurre en Brasil, donde la mayoría de la afición da por campeón a Alemania, en México el deseo es que nuestra selección haga un papel decoroso y que los entusiastas que viajen al sur regresen sanos y satisfechos.

Quizá con algunas aventiras eróticas que relatar. Que así sea.

alvalima@yahoo.com